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>El silencio de los cobardes

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“La unión en el rebaño obliga al león a acostarse con hambre”. Proverbio africano.

Notitarde/ND
/ Agosto 5, 2009 Charito Rojas

El miedo es el arma más poderosa de las dictaduras para controlar las conductas ciudadanas. Miedo a perder la libertad, miedo a sufrir el castigo de arbitrarias leyes, miedo a la inseguridad física y jurídica que podría afectar su vida, la de su familia y también sus bienes, miedo a perder lo que ha logrado en el campo laboral, miedo al desempleo, a la pobreza, al exilio.

Los regímenes de fuerza se caracterizan por utilizar muy eficazmente la amenaza, el castigo, la agresión y otros sutiles métodos para lograr neutralizar la peligrosa disidencia que podría hacerles tambalear en el poder. Por eso, le son tan odiosas las voces que alertan de la pérdida de la libertad, que incitan a la lucha por los derechos ciudadanos, que cuentan historias de inescrupulosos que medran alrededor del erario público y de las fuentes de poder estatal para atropellar a cualquiera que no pertenezca a su bando.

En Venezuela la máxima obra de la revolución chavista ha sido la siembra de un odio visceral que lleva a las situaciones más injustas imaginables. El Presidente de la República le falta el respeto a los venezolanos que no comparten su ideario castro comunista, llamándoles “oligarcas, escuálidos, burgueses, pitiyankis, terroristas, latifundistas, golpistas, ricachones” y otras lindeza impropias del vocabulario de un Jefe de Estado. Con razón Uslar Pietri decía: “Somos lo que hablamos”. En ese saco de insultados están metidos todos aquellos que reúnen alguna -o varias- de estas condiciones: ser productivo, decente, educado, clase media, demócrata, ex pedeveso, médico, educador, comerciante, empresario, periodista, obispo, ganadero o hacendado, autoridad universitaria, dirigente opositor, sindicalista o dueño de medio. El denominador común es que disienten de la línea oficialista. Contra ellos van dirigidos los métodos de terror del gobierno: leyes que permiten confiscarles sus bienes sin reembolsarles nada; invasiones que penetran en sus tierras con el amparo del gobierno y la guardia nacional; despidos injustificados sin derecho a prestaciones; leyes para cercenar el derecho al trabajo de los profesionales; imposición de órdenes “socialistas” que desconocen la tradición, la religión y las costumbres.

El gobierno ha disuelto las instituciones de este país sin construir nada a cambio, en Venezuela reina la anarquía y el desmadre. Una somera panorámica por las esferas del poder muestra la bajísima calidad humana y peor nivel académico de ministros, parlamentarios, gobernadores y seguidores, que como Lina Ron y su Piedrita, son emblemáticos de esta revolución que ostenta la más grotesca balurdería intelectual como blasón.

La mentira oficial

Los venezolanos nos hemos calado 1.860 cadenas en estos diez nefastos años. Y por algo será que mucho más de la mitad del país no se traga la “mentira oficial” contada a través de esas cadenas, de las centenares de comunitarias y emisoras ilegales que repiten el mensaje chavista como rocolas de 24 horas, de los canales estatales que transmiten permanentemente el “reality show” de las peripecias de Mi Comandante. Al ciudadano ese que no forma parte del circo rojo rojito sólo le queda refugiarse en las radios y televisoras independientes, esas que le informan lo que sucede en cada rincón del país, que le ofrece entrevistas con profesionales e intelectuales de peso, que transmiten las denuncias, que va hasta la gente para saber de sus padeceres. Es la radio y la televisión que actúan como espejo de un país con notables carencias básicas. Lo malo es que al gobierno no le gusta que se las recuerden ni que las divulguen a los oyentes o televidentes, porque su presupuesto está dirigido a un solo objetivo: financiar internacionalmente la revolución que dará poder planetario al líder máximo.

Ese líder le da la espalda a lo que los medios que él quiere cerrar transmiten a diario: las deficiencia en las escuelas públicas, sin baños ni agua; el desempleo que ha convertido a los venezolanos en un país de buhoneros; la inseguridad que ha acabado con 120.000 vidas en 10 años; el ruinosos estado de la infraestructura del país; la corrupción galopante en un gobierno sin contraloría; los abusos que se cometen contra los más necesitados que viven una vida de perros porque el gobierno no tiene recursos para construir más de un millón de viviendas que se requieren. Pero sí tiene recursos para costearle hasta el avión a Zelaya, cuando los venezolanos viajan en cacharros con ruedas; sí tiene para regalar plantas eléctricas a Nicaragua, mientras aquí hay grandes pérdidas por las fallas eléctricas; sí hay para regalarle 170 ambulancias a Evo, mientras nuestras mujeres paren en radiopatrullas. Esta situación ya tiene indignado al pueblo, que padece esto mientras ve como el gobernante que se cree Ricky Ricón, va por el mundo regalando petróleo y maletines.

A cerrar las radios

Esto es lo que dicen las radios y televisoras a través de sus espacios noticiosos. Por eso, el gobierno quiere cerrarlas. La excusa de la revisión técnica nadie se la cree, porque si fuera así ¿por qué el show de Diosdado ofreciendo arrancarle la cabeza a los radiodifusores? La situación es clarísima: necesitan barrer del dial la radio independiente para poder llenarlo con sus emisoras transmitiendo sólo la versión oficial, que nadie se entere de lo que realmente sucede, que nadie diga una palabra contra el gobierno. Indudablemente que si CONATEL encuentra emisoras transmitiendo sin permiso, debe cerrarlas. Entonces ¿por qué no comenzó con esa cantidad de emisoras ilegales, invasoras del dial, que operan sin permiso pero con una programación revolucionaria? Pues porque esas no son las que les interesan, necesitan matar dos pájaros de un tiro: apoderarse de las señales comerciales de mayor potencia y callar esas voces perturbadoras que a través de los micrófonos cuentan la verdad de este pobre país pobre.

La intención es más que obvia y la radiodifusión venezolana está condenada a apagar sus transmisores en un juicio sumario, sin derecho a la legítima defensa. Muchos aspectos lamentables tiene esta situación. El gozo que sienten los fanáticos seguidores de Mi Comandante, que se recrean en el dolor de radiodifusores de larga data que de un plumazo ven desaparecer no sólo su medio de vida, sino su vida entera. Cruel alegría que habla de la siembra de odio pero en un terreno abonado: el de los resentidos, de aquellos que jamás podrán lograr algo por su valor personal sino por su incondicionalidad política; venezolanos que se solazan en el sufrimiento de sus hermanos, el retrato de la maldad con marco rojo. Por otra parte está el miedo de quienes aún no han recibido el embate oficial: no quieren firmar nada, dar la cara, luchar en público. Creen que el bajo perfil, el silencio, el ocultamiento lo salvará de la debacle de perder la concesión.

Según una encuesta encargada por un grupo privado, el país está dividido así: 33% de chavistas, 33% de opositores y 33% de “ni ni”, que cuando les preguntaron por qué son “ni ni”, un 82% respondió que por miedo. Sí, el miedo está instalado en Venezuela y esa es la verdadera arma mortal del régimen, un arma que paraliza a los opositores, anula su comprensión y capacidad de accionar. Mediante el miedo se logra la conducta que necesita el “proceso” para dar el zarpazo final a las libertades. La Fiscal al servicio del jefe máximo tuvo el descaro de presentarse en la Asamblea Nacional con un “tema de discusión”, un “papel de trabajo”. Nada menos que 17 artículos para una Ley contra los Delitos Mediáticos cuyo único objetivo es amordazar mediante el miedo, la amenaza y la cárcel a todos los venezolanos que se atrevan a pensar, opinar, escribir, o actuar en sentido contrario al Pensamiento Unico, que es el objetivo a lograr.

Si los amenazados con cierre, con la Ley de Educación, con botarlos del trabajo, con quitarles las becas o los contratos, ceden a la infamia del chantaje por miedo, Venezuela se fregó. A aquellos que creen que se salvaran si ceden y callan, permítanme decirles que igual van a perder. No hay salvación para la propiedad privada ni para el pensamiento disidente en un régimen comunista. Llevo años identificando públicamente esta situación. Tal vez me queden ya pocas tribunas públicas para seguirlo haciendo, pero así sea con señales de humo les seguiré diciendo que el chavismo no cejará hasta tener el control total del país. Que si no luchamos arduamente y con valor, perderemos todo. No nacimos con ningún bien adosado a nosotros, todo lo hemos hecho en el camino y así mismo lo podemos perder, pero lo que no podemos es doblar el lomo ante la imposición, perder la libertad de pensar y decir lo que bien nos parezca, estudiar lo que elijamos y darle a nuestros hijos la religión de nuestros padres. Lo que no podemos es acobardarnos ante quien, por ahora, está allí; al contrario, debemos recordarle con firmeza lo efímero de su paso y lo permanente de nuestra dignidad.

El Ingeniero Nelson Belfort Yibirín, fundador del Circuito Nacional Belfort, murió prematuramente en septiembre de 2000, cuando volcó el rústico en el que subía el cerro donde está la torre de la emisora Tachirense 94.5. Hoy, la emisora por la que dio la vida es arrebatada por el gobierno a su hijo, sin reconocerle el derecho de preferencia a la concesión ni darle legítima defensa. Eso sí, CONATEL ha recibido desde hace nueve años los impuestos de esta emisora, ha reconocido a la sucesión, sabe que la emisora opera por múltiples y satisfactorias inspecciones. ¿Qué pasó? Que nueve años después, la revolución ya está en la última fase: acabar con la propiedad privada y silenciar la verdad que, a través de las ondas hertzianas, se convierte su peor enemiga.