Estos jóvenes migrantes venezolanos. Por Mireya Tabuas @mireyatabuas

14 febrero, 2017

Estos jóvenes migrantes venezolanos.

Por: MIREYA TABUAS (*)

Estoy segura de que nunca en su vida barrió el piso de su casa. Estoy segura de que además nunca cocinó, nunca lavó su ropa ni nunca zurció una media. Estoy segura de que cuando iba a algún restaurant, miraba con cierto aire de superioridad al mesonero que lo atendía y a veces –perverso- le limitaba la propina. Estoy segura de que veía con cierto desdén mezclado con lástima a quien le cuidaba el auto en la calle, e intercambiaba apenas cuatro palabras imprescindibles (y si eran menos, mejor) con la cajera del supermercado o a la recepcionista del consultorio médico.

En su vida “antes de” era quizás un estudiante de los últimos años de una buena universidad, o un recien graduado con pasantías en importantes empresas, o una joven promesa de su disciplina, o un profesional que escalaba rápidamente puestos en la compañía.

Desde niño seguramente se trazó un camino hacia el éxito profesional. Nunca le tocó más que dedicarse al cultivo de sí mismo, nunca se mentalizó que iba a hacer otra cosa. Su vida era estudiar y su destino graduarse y trabajar en una buena empresa.

A pesar del país en el que vivía.

A pesar del horror.

Pero a este joven le tocó migrar.

Y, como a él, a todos estos jóvenes venezolanos les tocó huír, salir corriendo de un país descuartizado.

Y ahora los veo aquí en Santiago de Chile (pero también están en Bogotá o Madrid, en Miami o Lima, en Londres o Buenos Aires y pare de contar…), los veo por todas partes, allí están los jóvenes venezolanos trabajando. Y siempre les pregunto qué hacen, de dónde vienen, cómo se sienten.

Veo, por ejemplo, a un ingeniero civil trabajando de garzón en un restaurant chino, a una arquitecta laborando en la cocina de un hotel, a una abogada lavando baños, a una publicista pintando uñas a domicilio, a una médico haciendo de recepcionista en un consultorio odontológico, a una psicóloga atendiendo llamadas en un call center, a un periodista cargando cajas en un almacén, a un administrador de empresas haciendo empanadas venezolanas y vendiéndolas en los alrededores del mercado La Vega.

Ninguno se queja.

Ninguno critica.

Les toca limpiar pisos, fregar platos, trabajar hasta muy tarde en la noche. Lo que nunca.

Pero repito.

Ninguno se queja.

Ninguno critica.

Están contentos.

Y cuando tienen un ratico libre se compran un vino y, en la azotea de uno de esos edificios del centro que están llenos de venezolanos, donde hay piscina y gimnasio, ponen música y comparten con sus amigos. Crean lazos familiares con sus vecinos o sus compañeros de la pega. Se imaginan a su mamá en otras señoras, se inventan hermanos entre los demás compatriotas. Tienen como mesa familiar un chat de whatsapp o un grupo de Facebook.

Parecen alegres, pero también están tristes.

Como los sobrevivientes en un bote salvavidas.

Pero de pronto pienso que esos chicos, esa generación de venezolanos profesionales que están pasando trabajo, que lloran a los suyos, que están “echándole bola” (trabajando duro, para los lectores chilenos), van a ser una gran generación. Porque estos muchachos tienen la formación profesional, pero a la vez están aprendiendo una importante lección de humildad, de ponerse en el lugar del otro, de entender el valor de las labores más sencillas. Están aprendiendo que detrás de cada oficio hay un ser humano, que nadie es mejor que el otro. Además están aprendiendo a entender otro país, otra cultura, otras voces, otras formas. Están aprendiendo –literalmente- a ganarse el pan con el sudor de su frente, de sus piernas, de sus brazos, de sus hombros.

Quiero creer que esta generación será más fuerte. Que será también más bondadosa. Cuando el ingeniero encuentre trabajo en una empresa minera, ya no mirará con menosprecio al garzón que lo atiende en el restaurant; cuando la doctora trabaje en una clínica valorará la labor de su recepcionista (o tal vez el ingeniero se quede por mucho tiempo como garzón y la médico como recepcionista, y descubran que la vida también así es bella). Eso sí, cuando ellos vean a una persona vendiendo comida en la calle, la mirarán a los ojos, le preguntarán cómo está, le contarán su propia historia, le darán aliento.

Creo que no solo estos muchachos ganarán, como individuos, con esta vivencia migrante. También ganará Chile (o el país que los reciba) porque serán ciudadanos agradecidos con la nación que les dio una oportunidad y la asumirán –y defenderán- como suya. Por eso, cuando en Chile (o en otros países receptores) se abre el debate sobre la migración, yo me pregunto si quienes critican la presencia de extranjeros han reflexionado sobre lo que la experiencia migrante significa para el ser humano, cuánto transforma, cuánto nutre, cuánto potencia.

Migrar es un postgrado.

Si mis jóvenes paisanos se quedan en Chile, aportarán su bagaje, sus músculos, su intelecto, y serán hijos de dos naciones.

Y si algún día vuelven a Venezuela, llegarán nutridos de ánimos de reconstrucción y con fortaleza de luchadores. Han aprendido a valorar lo suyo desde la distancia. Además, nunca perderán los vínculos (ni la gratitud) con el país que los acogió.

Siento que lo mejor que pudo pasarle a Venezuela es esta generación de profesionales que limpian pisos en otras tierras. Porque sin duda ellos serán mejores personas que todos nosotros. Mejores venezolanos y mejores ciudadanos del mundo.

Mireya Tabuas

FUENTE: El Mostrador

(*) Twitter:

@mireyatabuas  Periodista, escritora, mamá. habitante del país de los equivocados. #Venezolana viviendo en #Chile.

Perfil de Mireya Tabuas en Wikipedia 

COMENTARIO Y REMISIÓN:

No acostumbro reenviar artículos pero me fue difícil no trasmitir este desgarrador y alentador artículo de la periodista chilena Mireya Tabuas. Vi de cerca el drama de tantos venezolanos que viven en unos improvisados campos de concentración en Brasil y sé que no es nada fácil. Por eso agradezco todos los días esas personas-bendiciones que desde el Gobierno Federal de Brasil hacen tanto por los venezolanos en la frontera y todo el norte brasilero. Salir, apagar la luz y cerrar la puerta no es una opción definitiva. Es una opción que obliga a no dejar que Venezuela, la tierra sobre todo nombre, dueña del cielo, custodia del Mar Caribe y paraninfo de Dios, siga secuestrada por unos malvivientes que nos han causado esta tragedia tan inmerecida. Saldremos adelante y seremos libres.

Saludos, Robert Gilles Redondo

(*) ACLARATORIA:
Twitter: @mireyatabuas Periodista, escritora, mamá. habitante del país de los equivocados. #Venezolana viviendo en #Chile.
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EL LEGADO DE OBAMA. Por: Luis Marin

EL LEGADO DE OBAMA

Los venezolanos recordaran a Barack Hussein Obama II por haber decretado que este país es “una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de los Estados Unidos” por lo que declaró “una emergencia nacional para hacer frente a esta amenaza” y luego no haber hecho nada al respecto.

Salvo las medidas dictadas inicialmente contra siete funcionarios, lista que se ha ido ampliando más por presiones del Congreso que por iniciativa de la Administración, pero aquellas siguen siendo las mismas, que no son sanciones propiamente dichas, porque si privar de visa fuera una sanción entonces la mayoría de los pocos venezolanos que las solicitan estarían sancionados; como el bloqueo de bienes, que presupone tenerlos en EEUU y que no impide que, por ejemplo, si alguno falleciera, sus herederos pudieran reclamarlos, por no decir que con toda seguridad los tienen a nombre de terceros.

Luego la Administración terminó casi que disculpándose por haber dictado el Decreto, ante el escándalo del Foro de Sao Paulo, aduciendo que ciertamente Venezuela no es una amenaza creíble para EEUU, pero tenía que hacerlo así porque es un requisito exigido por leyes de emergencia que permiten aplicar sanciones económicas, o sea, que es una cuestión de mera forma.

La disculpa es más bien una confesión, porque si se decreta que es amenaza quien en verdad no lo es, sólo por cumplir requisitos establecidos para la aplicación subsecuente de normas concatenadas, en español eso se llama fraude a la ley, esto es, modificar deliberadamente los factores de conexión establecidos en las leyes para conseguir la aplicación de aquellas que sean más favorables a la realización de los propios deseos, burlando una restricción legal.

La motivación del Decreto es la violación de DDHH, corrupción pública significativa y la inexistencia de un mínimo democrático en Venezuela y si bien es necesaria una alta elucubración para entender cómo es que esto amenaza la seguridad nacional y la política exterior de los EEUU lo más arduo es hacerlo compatible con la política de apertura al régimen de Castro, responsable directo de todos aquellos desmanes.

Si hasta la Conferencia Episcopal de Venezuela ha llegado a la conclusión de que la causa de este desastre es la imposición de un modelo totalitario, plasmado en el llamado Plan de la Patria, que no es otra cosa que la implantación del castrocomunismo en este país, cabeza de puente para su expansión a todo el continente.

Así sacaron a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo porque hacía seis meses que no participaba en esas actividades y, según el New York Times, renunció a sus relaciones con organizaciones terroristas; aunque es público y notorio que el secretariado de las FARC vive a cuerpo de rey en La Habana, junto a los Panteras Negras, los Macheteros de Puerto Rico y cualquier otro terrorista de ranking mundial.

Ni por asomo aparecen las palabras comunismo, guerrilla, islamismo, yihad, que no calzan en la retórica de Obama; pero lo más inquietante es que no perciba violaciones de DDHH, corrupción pública significativa e inexistencia de un mínimo democrático, en Cuba.

Todo el cambio de enfoque de su política hacia Cuba se basa en el supuesto de que las de diez administraciones anteriores “no funcionaron”; alguien debería decirle que la suya hacia Venezuela no solo no funciona sino que resulta payasesca.

Los funcionarios sancionados han sido todos recompensados por el régimen, elevados a la categoría de héroes de la patria y no parece que ni siquiera la exposición pública internacional haya disminuido un ápice la saña criminal con que siguen actuando.

En cambio, sirve para la campaña propagandística más ridícula y falsaria de la historia, en la que se muestran pescadores de Margarita, indios del Amazonas, campesinos de los llanos, ancianos, niños (pero ni uno solo de los corruptos sancionados) clamando: “¡Obama, deroga el Decreto ya!”

Cuando se hace una falsificación, lo que queda en el mundo es lo falso, no lo que pretenden los farsantes. Ese es el legado de Obama y otros legados.

AUTORRETRATO HABLADO

En su discurso de despedida de la presidencia el 10 de enero, Obama ofreció una oportunidad como pocas para hacer una condensada interpretación de contenido de la retórica izquierdista que es parte indisoluble de su mensaje.

En general, el común denominador es la incongruencia entre la proclamada adhesión a una tradición fundamentada en “los principios de quienes crearon esta gran nación” y las proclamas revolucionarias, clasistas y racistas, que obviamente no tienen nada que ver con los “Padres Fundadores”, blancos, anglosajones, protestantes.

En particular, habría que ir desgranando las frases dejadas caer aquí y allá como al pasar que son groseramente ambiguas y vagas, que no dicen lo que dicen, de manera que cada quien puede interpretarlas como convenga o según se ajusten a sus prejuicios, mezcladas con medias verdades y francas mentiras.

Valgan unos pocos ejemplos: Si les hubiera dicho hace ocho años “que abriríamos un nuevo capítulo con el pueblo cubano”. ¿Qué significa eso? No parece ni bueno ni malo “un nuevo capítulo”; pero, ¿con el pueblo cubano? Es una flagrante falsedad. Obama nunca se reunió ni pactó nada con el pueblo cubano sino con Raúl Castro. Los afiches con los que empapelaron La Habana lo exhiben con el tirano, respaldándolo, ante ese pueblo oprimido que quizás haya sentido tanto o más desencanto que el venezolano.

Y continúa: “que cerraríamos el programa nuclear de Irán sin disparar un tiro”. Esta sí que es una mentira escalofriante. El programa nuclear de Irán nunca ha sido cerrado, ni siquiera suspendido. Si acaso recibió una tregua por diez años, lo que es significativo porque como se han cansado de advertir los expertos israelíes, sin que nadie escuche, es exactamente lo que hizo Mahoma en su canónica “tregua con la tribu de Quraish”.

Un hecho histórico que se remonta al año 628, conocido como Tratado de Hudaybiyyah, que estableció una tregua por diez años entre Medina y Quraish y que Mahoma rompió tan pronto como tuvo la fuerza suficiente para aplastar a los infieles. Desde entonces los musulmanes hacen rutinariamente lo mismo “cuando el enemigo es duro y fuerte”, sólo mientras no puedan vencerlo.

“Que íbamos a conseguir la igualdad en el matrimonio”. ¿Y esto qué es? ¿La igualdad entre marido y mujer? No puede ser que Obama consiguió eso. ¿O será su respaldo al llamado matrimonio Gay? Pero no lo dice claramente, sino que suelta algo de contenido difuso, muy propio de su estilo pero para nada puritano.

Si al principio dijo que el país se basa en “la idea de abrazarlos a todos y no sólo a unos pocos”, reitera que “unos pocos prosperan a costa de la clase media”, y que “nuestro comercio debe ser justo y no sólo libre”, deslizando la vieja contraposición socialista entre justicia y libertad, olvidando que quien sacrifica la libertad en aras de la justicia se queda sin ninguna de las dos.

“Darle a los trabajadores el poder de fundar sindicatos para tener mejores salarios” es una posición ideológica que presupone que el nivel salarial es un problema político, de poder, y no económico, de productividad, que haya más torta que repartir y no más poder para quedarse con un pedazo mayor de la misma torta e incluso de una menor, que es lo que ocurre cuando se grava excesivamente la actividad productiva.

Pero la verdad histórica es que los capitanes de empresa que “hicieron la grandeza de este país” tuvieron que luchar contra los sindicatos y derrotarlos a veces a sangre y fuego, porque la mentalidad sindicalista gira sólo en un ritornelo: reducir la jornada laboral (trabajar menos) y aumentar el salario (ganar más); y esto ha sido denunciado por los mismos marxistas: no en balde lo primero que hacen los comunistas cuando llegan al poder es desmembrar los sindicatos e imponer los propios.

Si el clasismo de Obama es repugnante, su racismo es una burda impostura. No sólo porque sea hijo de mujer blanca y padre transeúnte que volvió a Kenya sin mayor nexo con EEUU, sin antecedentes de esclavitud, discriminación, participación en luchas por los derechos civiles o que haya nacido en Hawái, donde jamás hubo segregación racial o educado en Chicago, muy lejos del Sur y de plantación alguna; sino porque es el niño mimado de Harvard, que goza del favoritismo de la élite y del aplauso clamoroso y sostenido de la izquierda más exquisita, sofisticada, frívola e irresponsable del planeta.

No obstante, puede articular su diatriba contra “los poderosos” desde el podio de la Presidencia, decir que después de su elección “se hablaba de una nación post racial. Esa visión, por bien intencionada que haya sido, nunca fue realista”.

“Si cada cuestión económica se enmarca como una lucha entre una clase media blanca trabajadora y las minorías indignas, entonces los trabajadores de la más diversa índole terminarán luchando por migajas mientras los ricos se retiran aún más en sus enclaves privados”. “Para los norteamericanos blancos significa reconocer que los efectos de la esclavitud y (las leyes) Jim Crow no desaparecieron repentinamente en los años 60”.

El espíritu americano, la fe en la Razón y en la empresa, la primacía del Derecho sobre la fuerza, es “lo que nos permitió derrotar al fascismo y la tiranía durante la Gran Depresión y construir un orden posterior a la Segunda Guerra Mundial”. Es inevitable observar aquí un salto histórico interesado: lo que se conoce como Gran Depresión fue el crack económico de 1929 y entonces el desafío a la democracia lo planteaban el comunismo y el anarcosindicalismo. EEUU no entró en la II GM sino en diciembre de 1941, bien lejos de la Gran Depresión; pero el antifascismo es una obsesión izquierdista.

En la actualidad el reto está planteado primero “por violentos fanáticos que dicen actuar en nombre del Islam” (sólo lo dicen), a los que habría que combatir desde una posición de principios, para no dejar de ser lo que somos.

“Por eso hemos terminado con la tortura, trabajado para cerrar Guantánamo, es por eso que rechazo la discriminación contra los musulmanes estadounidenses (ovación, la más larga de todas). Aquí, a punto de extenuación, cabe advertir que no son los musulmanes quienes discriminan a los que llaman infieles, degüellan cristianos, ejecutan atentados suicidas, dicen que los judíos no pueden profanar el Monte del Templo “con sus sucios pies”, ni permiten a nadie siquiera pisar en Tierra Santa, que es toda Arabia, no, éstas son invenciones islamófobas: La verdad, de Obama, es que los musulmanes son los discriminados, doblemente, si son musulmanes negros.

El discurso de Obama es el exacto retrato de sí mismo.

LA LISTA DE TRUMP

Es abismal la diferencia entre el inicio del período de Obama y el de Trump, aquél recibido con regocijo por los poderes mundiales al punto de que le adelantaron un premio Nobel de la Paz, no por lo que había hecho sino por lo que se supone que podría hacer en el futuro; éste, con una rechifla universal que le anticipa un impeachment, algo sorprendente porque se supone que procede por actuaciones atinentes al cargo y para entonces todavía ni siquiera había tomado posesión; lo acusan de loco, amenazan con asesinarlo y hay quienes solicitan que sea depuesto por un golpe militar.

La virtud hasta ahora inigualada de la democracia americana es la transferencia pacífica del poder de un presidente a otro libremente electo. Obama dice que “le prometí al Presidente Trump que mi administración garantizaría una transición sin problemas”; pero ¿es eso lo que está ocurriendo?

Todavía antes de que asumiera el cargo ya había violentas manifestaciones en las calles de varias ciudades, generosamente replicadas en los medios, contra un gobierno que ni siquiera había comenzado, sin señal de que vayan a detenerse sino de todo lo contrario.

Esto sí que es un gran cambio en la concepción de la democracia porque implica que las políticas de la Administración anterior no van a poder cambiarse por la siguiente, de signo contrario, porque eso terminaría con la paz de la República, ignorando así el voto de la mayoría, que antes era el estandarte de la democracia en América.

El cambio lo marcó Obama al decir que la Constitución no es más que “un pedazo de papel”, que es la tesis de Ferdinand Lassalle, fundador y más influyente ideólogo de la socialdemocracia alemana, para quien “la esencia de la Constitución de un país es la suma de los factores reales de poder que rigen en ese país”.

De manera que no tiene ningún valor inmanente, ni sagrado, sino que es la expresión del crudo balance de los poderes fácticos de una sociedad histórica concreta; bueno, eso no es lo que creían los “Padres Fundadores”, ni los Presidentes juran sobre una conjunción real de poder, sino sobre aquel venerable “pedazo de papel”.

En Latinoamérica ya lo hemos vivido y observamos cómo se han establecido dictaduras perpetuas mediante el expediente de desestabilizar en la calle cualquier otro gobierno de modo que nadie pueda mantenerse en el poder sino el autócrata insurgente.

Es el caso de Bolivia, Ecuador, Nicaragua; pero éstos son los últimos de la fila, nadie podía imaginar que esta táctica pudiera aplicarse a tan gran escala y en la primera potencia del mundo. Sin embargo, la izquierda ha comprobado que la temeridad rinde frutos inesperados en un mundo que premia la “post verdad” y donde la manipulación de las conciencias no parece tener límites.

En verdad, ya lo hicieron cuando se lanzaron en una arriesgada campaña contra el establishment a favor del “Vietnam heroico”: todo el mundo se escandaliza por la conspiración de Nixon en Watergate; pero nadie repara en la conspiración contra Nixon que llevó a su derrocamiento, orquestada por el New York Times y el Washington Post. Algo semejante vimos en Venezuela con el derrocamiento de Carlos Andrés Pérez.

De manera que es muy pertinente el aserto de Trump de devolverle el poder al pueblo, que ha desatado la furia de los poderes facticos, que pretenden aniquilarlo antes de que pueda hacer algo.

Prometió revertir la apertura de Obama hacia el régimen comunista de Castro y ajustar cuentas con su filial en Venezuela, restableciendo el orden de lo principal a lo accesorio. Obama nunca dijo lo más importante: Que el Partido Comunista Cubano tiene que abandonar el poder como prerrequisito para cualquier transición en la isla.

Lo que está por verse es si Trump podrá llevar a cabo siquiera uno de los puntos de su lista de promesas: si manda el pueblo o el New York Times.

Luis Marín

19-02-17

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EL DESACUERDO DE LA ORFANDAD. Por: Robert Gilles Redondo

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EL DESACUERDO DE LA ORFANDAD

Venezuela es un país huérfano. La dirigencia política ha quedado desconectada de la realidad aunque esté muy consciente, no más que todo el país, de la tragedia y de la necesidad histórica de desalojar a la secta de delincuentes que usurpa el poder y mantiene secuestrado el futuro nacional. Ortega y Gasset, el brillante prosista español decía que «tal vez no haya cosa que califique más certeramente a un pueblo y a cada época de su historia como el estado de las relaciones entre la masa y la minoría directora».

Pareciera que la historia se repite. La desconexión de esa minoría directora, cuya existencia es fundamental, con la sociedad, fue la detonante de esta tragedia que empezó en los luctuosos golpes militares de 1992. Aquella realidad no es ajena a la de hoy. La desidentificación de la dirigencia con el pueblo es tan abrumadora que en este momento el país se encuentra totalmente desorientado, cargado de una triste y muy dolorosa desesperanza que es el resultado de dos escenarios muy evidentes: una dictadura omnipotente capaz de sofocar cualquier insurgencia libertaria y una oposición desarticulada por sus propios errores.

La coalición electoral de la Mesa de la Unidad Democrática ha naufragado quizá por haberse desviado de su propósito original: unificar a los partidos opositores en una sola fuerza. Y asumió un rol muy complejo y difícil de digerir, ser la cabeza de una lucha en la que no podía privar la ley del más fuerte sino del más honesto moral y políticamente. Además de haberse convencido que los resultados plebiscitarios del 6 de diciembre de 2015 eran un cheque en blanco con capacidad para maniobrar de forma indeterminada hasta la salida de Maduro. Pero no contaban con la astucia de este régimen que fue capaz de sobrevivir a la presión popular de 2016, el año de los lapsos no cumplidos, de las marchas frustradas, de la insólita política del “doblarse para no quebrarse” y del funesto diálogo que se auspició desde El Vaticano.

Y precisamente fue el proceso de diálogo el factor fundamental para la desmovilización. No se habían aprendido las lecciones del pasado y se creyó que sentarse en una mesa tendría algún resultado. Ni con el Papa en el medio esta clase de delincuentes son capaces de ser honestos, menos cuando el mediador tiene abiertas inclinaciones. Peor aún, se confió ciegamente en la salida electoral pese a que difícilmente el chavismo volverá a medirse en una elección y esto es fácil vaticinarlo. Por ejemplo, las elecciones regionales ya no serán en el primer semestre de este año y luego las excusas nos llevarán indefectiblemente hasta el 2018 y así sucesivamente. Frente a ello es difícil actuar porque la desmovilización popular no será derrotada con una dirigencia política acéfala, desorientada e incapaz de asumir sus propios errores, so pretexto del prejuicio tan absurdo de que las criticas anti MUD son pro gobierno, cuando en realidad son las acciones MUD las que han permitido la continuidad de Maduro en el poder.

La tacha de inviable a todas las propuestas que no salen del seno de la MUD es una agravante por demás peligrosa. Esto no demuestra la infalibilidad de la coalición opositora sino sospechosos intereses que ponen en duda la honestidad de intenciones.

Entonces, si en Venezuela no hay salida electoral, porque realmente no la hay, y aquí ya no vale aquello del “tiempo de Dios es perfecto” ni los resultados del 6 de diciembre de 2015 como pretexto, ni la presión documental al CNE, institución que se ha propuesto la ilegalización de los partidos políticos en el corto plazo. Si tampoco hay una salida constitucional por la guillotina inmoral del TSJ y su aberrada Sala Constitucional que decidió convertir sus interpretaciones en nueva Constitución. Y si ni siquiera tenemos la opción real de una intervención militar que facilite el establecimiento de una Junta de Transición para la realización inmediata de unas elecciones generales, tenemos que convencernos que la salida es un gran movimiento de calle, pacífico y muy bien articulado que haga presión hasta que se eche a la dictadura. Ah, pero la calle y las palabras “desobediencia” o “resistencia” son mitos para unos, inviables para otros, e inexplicablemente, absurdas para otros tantos. Tan absurdas como pensar y exigirle a las fuerzas vivas del país la conformación de un gran movimiento que sin más cortapisas exija en la calle el fin de la dictadura. Eso es absurdo no porque la violencia podría despertarse, la violencia tiene rato despierta. Es absurdo, sinceramente, porque esos movimientos engendran nuevos líderes y nuevas esperanzas, distantes muy distantes de quienes tienen sus cuotas de poder en este momento, a modo de cohabitación.

Pero los peligros están a la orden del día, indiferentes a lo que se piense, se diga o se haga en cualquier sector responsable del país. El hambre sigue conduciéndonos al abismo impronunciable, la violencia está saturando a nuestra tierra, cansada de ser el abrigo de los muertos por la inseguridad y la sinrazón, la partida de tantos miles de venezolanos que decidieron irse porque aquí ya no es viable continuar y la anomia social patrocinada magistralmente por el Estado fallido y forajido, nos aseguran que lo peor está por venir. No hay que disfrazarse de profeta del desastre para advertirlo, basta ver objetivamente la realidad. Y en medio de todo está también el peligro de cualquiera pueda asomarse en la foto final, dar “caída y mesa limpia” sabiendo que tendrá de forma automática el respaldo popular.

Reaccionar. Tener valor cívico de ponernos de pie para decir que ¡ya basta! es la única opción real que tenemos. Y aunque el miedo es libre no podemos seguir vacilando en las decisiones que nos esperan en la acera del frente. Una nueva coalición, un movimiento definitivo de la calle y el amor por el país desbordado derrotaran la sentencia orteguiana de que no hay hombres porque no hay masas.

En Venezuela estamos los venezolanos, eso siempre ha bastado para resolver con unidad de criterio y acción todos nuestros problemas. Convencernos una vez más de lo que somos y hemos sido nos hará libres. Abajo la dictadura.

Robert Gilles Redondo

Fecha: 14 de febrero de 2017, 16:39

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EL PAÍS SIN SALIDA, EL PAÍS DE LA ESPERANZA. Por: Robert Gilles Redondo

EL PAÍS SIN SALIDA, EL PAÍS DE LA ESPERANZAUna profunda tristeza ha inundado al país, es como si el Orinoco hubiera decidido llenar con sus aguas aquellas calles benditas del Sur. Es una tristeza muy injusta. Sin importa cuán graves han sido los errores del pasado, nunca merecimos ser sometidos a esto.

Venezuela ha sido un país en mayúsculas. No ha sido un país sin salida. Sus calles han sido tan amplias y tan llenas de esperanzas que en ellas se libraron los más nobles combates para ser libres. Nuestras calles fueron brazos abiertos para sintiéramos que la patria sí nos puede abrazar, incluso a quienes vinieron de lejos porque Venezuela no era sino esperanza, era un campo fértil de esperanzas. El bendito cielo azul que se nos descubre en el infinito Mar Caribe, desde el Ávila hasta el más hermoso lugar del mundo que nuestra Gran Sabana, donde la inmensidad toda cabe en nuestros ojos, fue la cobija de tantos sueños. Esos sueños que despertaban cuando un nuevo venezolano nacía del vientre sagrado de la mujer venezolana. Los sueños de la juventud recibiendo sus títulos que sólo se justificaban para echarle un camión –como decimos siempre- y no como documento anexo para tomar un país y ver desde la ventanilla de algún avión una tierra a la que quizá no debimos dejar nunca pero la dejamos porque es absurdo.

Esta Venezuela absurda, opaca, sin salida, marginal, hambrienta, no es nuestra. Y tenemos el deber de devolverla y reclamar la nuestra.

No es indolente abandonar nuestra patria. No hay más salidas para quienes apenas empiezan su recorrido. Las madres con sus hijos hambrientos tienen que salir. Los jóvenes que se niegan a entregarles sus vidas a los malhechores, tienen que salir.

Pero al mismo tiempo huir no es la opción definitiva, menos si lo entendemos como un pasaje sin regreso a Venezuela. Esta nación es nuestra, está aquí y está en la humanidad de cada venezolano que ya vive como forastero incluso en aquellos países de donde vinieron tantos y tantos a buscar oportunidades.

El problema central es la indolencia. Debemos admitir que nos hemos anestesiado. Que estos delincuentes que secuestraron al país lograron uno de sus objetivos más abominables: desmovilizarnos, desindentificarnos, hacernos extraños a nuestro país. Aprendimos en estos dieciocho años a convivir con el desastre incluso hasta llegar a ser parte de él. Siempre sentencio que el día que el primer venezolano aceptó hacer una cola de varias horas para comprar algún kilo de comida, no fue tanto un acto de humillación que se aceptó voluntariamente, sino aún algo más grave: el reconocimiento de que el país se nos había ido de las manos, tan lejos que no lo lográbamos ver más.

Y no digo que el país no tiene dolientes. Los tiene. Quien se va y quien se queda es una víctima que engrosa el horrendo padrón de viudas que somos los venezolanos, los sin patria. A quienes nos lo cambiaron todo.

Nuestra desconocida Venezuela sigue confinada en el calabozo de la tristeza, de la angustia, del desánimo y de tantos sentimientos injustos. Porque si algo es hoy nuestra patria es esto, un gran acto de injusticia. Es esa Venezuela la que nos reclama para ya una lucha sincera. Una lucha donde no haya más lucro político. Una lucha que nos haga entender, que nos aterricen los pies en la tierra. Una lucha que nos recuerde que Venezuela fue, es y siempre será esperanza, no tanto por sus verdes llanuras y montañas que algunas veces se rocían con la nieve eterna del páramo, sino por cada uno de nosotros, esta raza tan excepcional que hemos sido los venezolanos. Nosotros los que con orgullo y lágrimas alzamos siempre el omnipotente tricolor en todo lugar porque nuestro país siempre fue una palabra tan sagrada que ha estado por encima de todos los nombres y lugares.

Que el país no se perderá para siempre es cierto. Pero esta prueba es tan severa y dolorosa que es el momento que de reclamarle a nuestras conciencias la valentía para ponernos de pie y decir que ya basta, que no vamos a seguir aceptando que una horda de patoteros y malvivientes mantenga secuestrado al país. No podemos cansarnos, debe ser terca nuestra esperanza en este país sin salida.

Los venezolanos tenemos la obligación de armarnos de paciencia para que ella haga su obra. La paciencia constante y activa que nos hará parir la luz, la justicia, la libertad y la paz que nos arrebataron. Rimbaud, el poeta del adiós ya lo había dicho alguna vez: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes.

No podemos tenerle más miedo al parto. Vaya que en esta tierra se han hecho grandes partos y eso no lo podemos deshonrar. En fin, no podemos aceptar se pierda en la barbarie y en las calles inhumanas el amor más grande que tenemos, el amor que siempre ha conjurado nuestros males: VENEZUELA.

Robert Gilles Redondo

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YACER EN EL FONDO. Por: VICTOR MALDONADO C. @vjmc

Yacer en el fondo

Por: Víctor Maldonado C.

“Ha sucedido, y por consiguiente, puede volver a suceder”. Con esta frase, sin adornos y sin rebusques, Primo Levi, una víctima del fascismo, advirtió sobre el fuste torcido de la humanidad. La historia es la vitrina de la crueldad humana. El hombre es capaz de todo, incluso de organizar e imponer un sistema feroz y brutal, sin ninguna otra excusa que la prevalencia de la fuerza y la falsa convicción de que unos hombres y sus ideas son más importantes que el resto. Ha sucedido, y lamentablemente sigue sucediendo. Peor aún, nos está sucediendo.

Somos víctimas de un experimento fallido. La colectivización forzada y la destrucción de la economía privada es la causa de la hambruna que se cierne sobre el país. Pero no es un invento inédito. Es la misma ruta equivocada que intentan todos los socialismos. En 1928 Stalin la impuso en la Unión Soviética apostando a un incremento de la productividad que nunca ocurrió. Por el contrario, la muerte fue el signo de un error que cobró a millones de víctimas lo que era responsabilidad de unos cuantos criminales ignorantes que sin mayor problema eran capaces de subordinar la dignidad humana a la primacía de una ideología imposible de llevar a la realidad. Solamente en Ucrania murieron millones por hambre en lo que se conoce como Holomodor. Los mataron de hambre en un afán de demostrar la supuesta superioridad de las granjas colectivas a las que se gestionaban privadamente. Al arrasar con la propiedad privada abrieron el camino a la hambruna.

En China problemas similares comenzaron con el arribo del partido comunista al poder. A Mao no se le ocurrió otra cosa que imponer el “gran salto adelante” para modernizar el sistema agrícola del país. De nuevo la colectivización y la persecución de cualquier opinión disidente se cebaron en la población, logrando niveles de mortandad que todavía hoy se discuten. Mao Yushi, economista chino y premio Milton Friedman a la Libertad del Cato Institute en 2014, sostiene que en algunas poblaciones llegó a matar a 1 de cada 8 personas. Un error humano llamado socialismo real, expresado en un inmenso aparato de represión que servía a los caprichos de un dirigente desvariado, inmoló a más de 20 millones de personas, sin arrepentimiento alguno. Yushi termina calculando que “si sustraemos los bebés que hubieran nacido, utilizando las tasas promedio de mortalidad y fertilidad del periodo, el número de muertes anormales durante la Gran Hambruna fue de 36 millones. Si esta cifra es la correcta, la Gran Hambruna mató aproximadamente la misma cantidad de personas que la Segunda Guerra Mundial”.

En Camboya el guión lo quisieron desempeñar Pol Pot y sus Jémeres Rojos. Él también creía en el hombre nuevo y en una utopía rural que suponía la transformación absoluta del país. En 1975 su régimen abolió el dinero, la propiedad privada y la religión. En todo el país se impusieron sociedades agrarias colectivas donde sobraban el conocimiento y la división del trabajo. Cualquier profesional era sospechoso y habitualmente aniquilado. En el camino murieron 1 de cada 3 hombres, que llegaron a sumar 1.7 millones de víctimas de la colectivización.

Cuba no hace sino encubrir todavía las razones y consecuencias de su “período económico especial”. Pero basta con leer las novelas de Padura para tener una versión de las terribles consecuencias que significó vivir un régimen que prefirió mantenerse firme en su comunismo colectivista antes que hacer cualquier concesión a la realidad. Pero los cubanos son expertos en las medias verdades. La realidad es que hubo una caída abrupta de la ingesta calórica, en promedio un 26%, pero llegó a ser de un 50% en niños y ancianos. Pérdida de un promedio de 5,5 kilos de peso, “epidemias” de neuritis óptica por bajo consumo de vitamina B y polineuropatía periférica carencial, precisamente porque la gente no podía comer lo suficiente. Es difícil saber cuántos fueron los afectados, pero la impronta quedó en el corazón de los que debieron sufrir tales penurias. El cinismo oficial no tiene límites. La mentira siempre está al acecho. Al período especial lo han transformado en una demostración de que comer menos y hacer más ejercicio elimina el peligro de la diabetes y enfermedades cardiovasculares. Expertos en las medias verdades no dicen, por ejemplo, que el que se muere de hambre no tiene la opción de morirse de un infarto. Cambiaron la diabetes por la ceguera y daños en el sistema nervioso periférico. El hambre no espera.

Pero es poco probable que nosotros tengamos una mínima capacidad de comprensión de los que están siendo barridos por el hambre. La pobreza tiene su propia narrativa del despojo. Primo Levi pedía a sus lectores que “imaginaran ahora a un hombre a quien, además de sus personas amadas, se le quiten la casa, las costumbres, las ropas, todo lo que literalmente posee: Será un hombre vacío, reducido al sufrimiento y a la necesidad, falto de dignidad y de juicio, porque al que lo ha perdido todo, fácilmente le sucede perderse a sí mismo…”. En eso consiste yacer en el fondo.

Colocar a sectores completos de la población en ese yacer en el fondo es una decisión política que busca como resultado el apaciguamiento de la ciudadanía. Es una operación sofisticada que se vale de la represión para imponer un estado de cosas que se torna en condición fatal. Los socialismos no tienen empacho en colocarse en situación de poder procesar, sin remordimiento alguno, la vida o la muerte de cualquier ciudadano prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana. Ellos manejan estadísticas y calculan cuánto más puede la gente soportar sin rebelarse. Es una operación política en la que no se toman en consideración los costos.

La segunda característica de esta operación política es que cuenta con la cooperación de otros sectores de la población que intentan salvarse de lo peor. Primo Levi lo describió como la zona gris de cualquier sistema de represión y exterminio: el espacio ambiguo entre los verdugos indudables y las víctimas del todo inocentes. Son todos aquellos que, siendo víctimas reales o potenciales, se prestan a la colaboración con un sistema que tarde o temprano se los va a engullir, a cambio de algún pequeño privilegio. El régimen siempre va a estar dispuesto a exacerbar las ganas de sobrevivir, de evitar lo peor, de intentar no caer hasta donde no es posible más abismo, generando división, desconcierto y confusión tales que no es posible ni siquiera pensar en alguna alternativa de desafío a un status quo que tarde o temprano los va a volver polvo.

El hambre calculada, el peso que se pierde, las colas que se organizan, la escasez, la penuria, la enfermedad que aterra, el dinero que no alcanza, el empleo que se pierde, la inseguridad que embosca, las dudas y el odio que no encuentra cauce productivo, son parte del cálculo del régimen socialista y su esfuerzo de inmolar toda lógica productiva para instaurar el servilismo más atroz. Ha sucedido, y por consiguiente, puede volver a suceder.

Hayek, en su Camino de Servidumbre, alerta contra “los planificadores de la libertad”. Nunca la palabra libertad es tan engañosa como en boca de los líderes totalitarios. En ellos no hay intención de garantizarnos libertad sino de garantizarse a sí mismos libertad ilimitada para hacer con la sociedad lo que se les antoje, porque confunden libertad con poder. En eso coinciden todas variaciones del mismo guión socialista.

Los venezolanos vivimos la última edición del mismo error que conduce a los mismos resultados en términos de hambre y penurias. Mientras escribo estas líneas puedo imaginar al que hurga la basura, al que ha perdido peso porque no come completo, a la que no puede amamantar a su niño porque se le han secado las mamas, al que ha perdido el empleo sabiendo que no va a conseguir otro, al que se despierta en la mañana, sin comida, sin dinero y sin plan, al que todo este torbellino de imposibilidades le da vueltas en la cabeza, al que se inclina frente al carnet de la patria, al que pone su última esperanza en el bono que no termina de llegar. Y pienso que lo único que nos queda, aun yaciendo en el fondo es nuestra facultad de negar nuestro consentimiento. Primo Levi, víctima de un campo de concentración, sabiéndose condenado a una muerte segura, habiendo sido despojado de todo, sabía que solo le quedaba esa cualidad que consistía en no dejarse vencer: “Debemos, por consiguiente, lavarnos la cara sin jabón, en el agua sucia, y secarnos con la chaqueta. Debemos dar betún a los zapatos, no porque lo diga el reglamento, sino por dignidad y por limpieza. Debemos andar derechos, sin arrastrar los zapatos, no ya en acatamiento de la disciplina, sino para seguir vivos, para no empezar a morir”.

Víctor Maldonado C.

Twitter: @vjmc

REMISIÓN: Germán Guillén Citterio

IMAGEN SUPERIOR: Por cortesía de RUNRUNES

IMAGEN INFERIOR: Por cortesía de GUAYOYO EN LETRAS

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LA FUERZA ARMADA NACIONAL. Por: Robert Gilles Redondo

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LA FUERZA ARMADA NACIONAL

El tabú de hablar sobre los militares hace replegar las artillerías del pensamiento en muchas personas. Sobre todo en una Venezuela donde fuimos libres por las bayonetas que archivaron el hecho civil de nuestra Independencia. Por cierto, un hecho impulsado por la oligarquía de la Caracas de 1810-11, que no tuvo mayor respaldo popular como luego se comprobó cuando Boves arrastraba tras de sí más seguidores que el Ejército Patriota. Y así, en una cadena ininterrumpida, los militares, pseudomilitares o si se mejor se quiere “hombres armados”, han sido el factor decisivo de nuestra historia. Nuestras transiciones libertarias han sido el resultado de una sublevación militar.

Los siglos XIX y XX fueron construidos por las patotas armadas que tenían los partidos de entonces y los sobrevivientes de la Guerra de Independencia que se erigieron en caudillos, primero, y luego, desde la revolución que depuso a Medina Angarita, como un Ejército más o menos profesional, se empezó a formar la idea cívico-militar. Entonces las conspiraciones contra los gobernantes de turno no eran solamente civiles sino también militares, no porque en Venezuela existiera una casta militar que determinara como última instancia el destino nacional, sino por el necesario uso atemorizante de las armas para consumar aquellas conspiraciones. Con astucia inédita, los civiles lograron neutralizar el entronizamiento de una dictadura militar en 1945 y le permitieron al país tener una nueva Constitución y unas elecciones para elegir por vez primera al Presidente de la República. El feliz infortunado fue el gran don Rómulo Gallegos, genio de las letras pero estéril prospecto político. Costosa esterilidad ésa que echó al traste los avances democráticos del Trienio, abriéndole paso a la segunda gran dictadura del siglo XX: la de Pérez Jiménez, a quien el Presidente, autor de Doña Bárbara, subestimó en sus pretensiones.

Tras la insurrección militar que empezó el 1 de enero y terminó veintidós días después en 1958, se estableció de forma segura la democracia civil. El primer gobierno de Betancourt fue un período valiente de resistencia donde se enfrentó el surgimiento del militarismo trasnochado y se le dio forma certera a la sujeción del poder militar al poder civil. A los militares que defendían la democracia les acompañaba de forma inédita los ciudadanos con machete en mano para frenar aquellas sangrientas sublevaciones de Táchira, Monagas, Carabobo, La Guaira, etc. Lo mismo hizo Raúl Leoni hasta que al fin se pacificó al país legalmente en la presidencia de Caldera. La izquierda asesina era neutralizada en la tierra sin cuartel que eligieron para hacerse del poder que por el voto jamás iban a conseguir. La sangre ha sido el método político de amplios sectores de la izquierda a quienes se les cerró el acceso al sistema democrático, justamente, por sus objetivos antidemocráticos.

Con una Fuerza Armada más o menos institucional y más o menos profesional, la democracia siguió su camino. Hasta que la debacle moral comenzó a deshonrar a los civiles que detentaban el poder, arrastrando consigo a los hombres de uniforme, que dejaron de ser ficha para la defensa y la seguridad de la nación, convirtiéndose en peones de un sistema que una vez comenzada su pudrición estaba condenado al fracaso.

Sobrevino la aciaga hora del “Caracazo”. Sobrevinieron los cruentos golpes de Estado de 1992. La institucionalidad no estaba presente. Apenas las lealtades del estamento militar eran cuotas de poder que según conviniera mantenían. Y la poca institucionalidad que restaba no era suficiente para contener el avance. Al final, los cabecillas del 4 de febrero y del 27 de noviembre, asaltaron el poder, ante el vacío irreparable que había dejado el sistema democrático en 1998.

Desde 1999 hasta este no menos cruento y triste 2017 hemos asistido al desmantelamiento de la Fuerza Armada, organismo parásito del establishment chavista.

Ahora vemos hombres de uniforme que olvidaron en sus escritorios la Constitución y se han dedicado a sostener la prostitución de la República, mejor: de la ex república de Venezuela. Son agentes activos de la gangrena que hizo del Estado un ente fallido y forajido. Así, los militares han derivado en agentes de grandes mafias de corrupción, lavado de dinero y del narcotráfico, donde todos mandan menos quien en teoría es su Comandante en Jefe, haciendo de la Fuerza Armada la institución, ya fallida, de más desprestigio en la sociedad venezolana.

La Fuerza Armada Nacional ha tolerado que los grandes detentadores del poder, además de ilegítimos, perpetren con saña y sin pudor alguno la destrucción de Venezuela. Lo han tolerado y permitido a costa de grandes prebendas y de libre albedrío para sus propias fechorías, gravemente cometidas, por la responsabilidad de tener entre sus manos las armas de la República. Es muy fácil sostener la hegemonía fracasada de una revolución cuando se empuñan los fusiles como símbolo del obsceno maridaje entre el Alto Mando Militar y los delincuentes que ocupan ilegítimamente el poder.

Aun así, pese al absoluto deterioro institucional y la pudrición moral, en la Fuerza Armada deben quedar algunos sectores democráticos que no comparten lo que está sucediendo. Su silencio es inexcusable ahora, tanto como lo ha sido durante estos dieciocho años. Pero a ellos se debe apelar. No para invocar el abismo militarista, pero sí para que estén muy claros en las posiciones que el camino les impondrá tarde o temprano. Venezuela tiene su reloj histórico en cuenta regresiva y ante esa bomba de tiempo que es el país todo, la Fuerza Armada no podrá permanecer indiferente ni al lado de quienes nos han humillado hasta la saciedad.

Robert Gilles Redondo

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Venezuela: yuca amarga. Por: Eddie A. Ramírez S.

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Venezuela: yuca amarga
                                                                                                                                                
Eddie A. Ramírez S.
 
Desde hace tiempo el régimen nos envenena gradualmente al no permitirnos el acceso a medicinas, ni a los alimentos requeridos. Ahora, la prensa reporta que  han fallecido menores y muchos ciudadanos han tenido que ser hospitalizados en Monagas, Anzoátegui, Lara y Zulia por consumir yuca amarga, la cual solo es apropiada para producir casabe, en cuyo proceso se destruye el venenoso cianuro. En el pasado este evento ocurría muy esporádicamente. Hoy se ha multiplicado. No somos amigos de elucubrar sin base sobre las causas de estos lamentables sucesos ¿ Acaso es por hambre? ¿Será que, ante la escasez de yuca dulce,  vendedores inescrupulosos colocan en el mercado yuca amarga?
Sin duda que lo citado es trágico y debe investigarse, aunque conocemos de sobra que las averiguaciones de los rojos llegan hasta donde  la ¨revolución¨ lo permite. Hay otros tipos de envenenamiento cuya responsabilidad es directa  del régimen totalitario Siglo XXI. El más grave es el  fallecimiento de nuestra democracia,  envenenada por las violaciones a la Constitución del ex presidente de facto, con el aval de los ¨magistrados del horror¨
Nuestra juventud está siendo envenenada  no solamente en las aulas, sino a través de los numerosos medios de comunicación en manos del oficialismo. Este adoctrinamiento se refiere no solamente a inculcar determinada ideología política, sino a la constante prédica del odio de clases y difusión de principios y valores contrarios a los tradicionales que heredamos de nuestros padres. Los jóvenes   están siendo envenenados, ya no con yuca amarga, sino con los malos ejemplos de los truhanes rojos que están en Miraflores, en los tribunales, en el CNE y en las dependencias oficiales.
La salud de nuestra población está envenenada por no conseguir las medicinas  que nuestros excelentes médicos recetan  para controlar infecciones y otras dolencias. Las empresas del Estado están envenenadas con la ineptitud y corrupción de gerentes rojos  que las tienen quebradas. Nuestra agricultura está envenenada por la política de control de precios por debajo del costo de producción y por la escasez de insumos, mal que también afecta  a los otros sectores de la economía. 
Nuestra Fuerza Armada fue envenenada con la designación de Altos Mandos sumisos a quienes no les importa la influencia castro-comunista. Tenemos la esperanza de que esta intoxicación no haya afectado al resto de la oficialidad, la cual sufre de los mismos problemas de  los civiles  y que,  además, constata que  sus miembros  están siendo asesinados por un hampa protegida  o al menos tolerada por el régimen.  
¿Será posible revertir estos envenenamientos que afectan a instituciones y a personas? Confiamos en que sí. Ayer, hace59 años, pueblo, dirigentes políticos y Fuerza Armada  dieron una demostración de pundonor al obligar a que el dictador Pérez Jiménez agarrara las de Villa Diego. Los venezolanos de hoy estamos conscientes de que esta dictadura es peor que la derrocada en 1958, ya que afecta negativamente no solo a nuestros derechos políticos, sino que nos ha empobrecido y está comprometiendo nuestro futuro.
Adecos, comunistas, copeyanos, intelectuales, profesionales, militares y pueblo en general dijeron en ese entonces  ¡Ya basta!   Ahora solo esperamos que la dirigencia actual actúe sin egoísmos, unida frontalmente en contra del régimen y  que termine de depurar y reestructurar a la MUD, como han prometido varias veces.
Ante la coyuntura actual, es justicia recordar el papel desempeñado en el derrocamiento de la penúltima dictadura por  los estudiantes,  la Junta Patriótica, cuyo único sobreviviente es el aguerrido doctor Enrique Aristiguieta Gramcko, así como por los  tenientes  coroneles  Martín Parada y Hugo Trejo, capitán de Navío Vicente Azopardo y otros. Desde luego no podemos olvidar a  los caídos en la resistencia, entre ellos, Leonardo Ruíz Pineda,   Pinto Salinas, capitán Wilfrido Omaña y teniente León Droz Blanco.
Como (había) en botica: Aunque  el anterior fue a destiempo, salimos perdedores y enfriamos la calle, el diálogo   es necesario, pero teniendo claro los objetivos que deben ser acatar y cumplir la  Constitución y negociar un gobierno de transición; para ello requerimos  nuevos negociadores de parte nuestra e incorporación de otros mediadores no parcializados hacia el régimen. El documento presentado a la MUD por los actuales mediadores para reanudar el diálogo es inaceptable, ya que en la mayoría de sus partes  tiene un sesgo muy claro hacia los intereses del régimen y  en otras deja puntos en el aire. Según el  diputado `por AD Edgar Zambrano, la oposición también es responsable de que no venga al diálogo el  delegado del Papa, monseñor Celli.  Evidentemente Zambrano juega en el mismo equipo que Timoteo, es decir no en el nuestro. Repudiamos el bárbaro asalto a las instalaciones y archivos del Palacio de las Academias, así como las piedras arrojadas a la Catedral  
¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!
eddiearamirez@hotmail.com 24/01/17  Noticiero Digital y Runrunes
 
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