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CATATONIA NACIONAL. POR: ROBERT GILLES REDONDO. OPINIÓN.

CATATONIA NACIONAL
En la ciencia política es muy frecuente el uso de escenarios para explicar y entender situaciones, el recurso es pues ampliamente conocido por todos nosotros. No obstante estoy muy consciente de que algunas de las “puestas en escena” resultan amargas de tragar. En este caso me excuso por el título pero es lo que más se me ha impuesto ante la inclasificable imagen que proyecta Venezuela.

La palabra “Catatonia” viene del griego y, según el DRAE, significa: Síndrome esquizofrénico, con rigidez muscular y estupor mental, algunas veces acompañado de una gran excitación. Qué duda cabe, el diagnóstico parece encajar cabalmente en este cuadro bizarro. Ésta se presenta en el momento histórico más oscuro, cuando las circunstancias nos colocan en trance de elemental supervivencia y carecemos de un liderazgo creativo y corajudo que supere la tradicional politiquería ágrafa y deleznable que se engendró en aquellos tiempos, aunque dramáticos siempre mejores.

Los verdaderos jefes políticos, aquellos que trascienden la coyuntura inmediata, tienen siempre una visión en varios planos, solía decir el expresidente Octavio Lepage refiriéndose a Betancourt, una ante visión histórica, por ello aprecian de manera singular el valor de la coherencia por la que sacrifican muchas veces deseos y hasta reconcomios. Si aceptamos esto tendremos que admitir que en el panorama político de la Venezuela de hoy no se vislumbra, ni de lejos, un auténtico jefe político, menos aún un hombre de Estado. Aunque contemos con cuadros políticos de primer nivel que han sostenido el ánimo nacional en estos momentos tan dramáticos.

Una visión aún apurada y panorámica de la debacle nacional revela que la desolación intelectual y la incoherencia conceptual –las palabras porque mal puede hablarse de discurso-, tanto del gobierno como de la oposición son deplorables, baratas, deficientes. Ese cuadro de anomia no solo normativa sino intelectiva explica con lujo de detalles (y en los detalles habita el diablo) la tardanza que tanto nos irritaba en que se asumiera internacionalmente una posición crítica y proactiva frente a la inaceptable destrucción moral y física del país. Al mundo no le preocupa solamente el horror de las condiciones de vida del venezolano y sus consecuencias de contagio y perturbación regionales, les preocupa y con razón, que no ven la fórmula de recambio capaz de solventar este caos con rapidez y eficacia.

Ésa fórmula es la que nos conducirá al ineludible día después. Ese momento tan esperado por todas las generaciones que hoy habitan nuestra nación, dentro o fuera de ella, y que son víctimas hasta de ellas mismas, es también el mayor enemigo de la recuperación democrática del país. Salvar la subitaneidad del tránsito, como afirmara Mirabeau en los inicios de la Revolución Francesa, es una prueba muy difícil y por eso causa estupor como más de uno pretende venderse sin más en el epicentro donde se originaría la reconstrucción. Ser y demostrar coherencia es indispensable, cambiar unos aventureros por otros no es una oferta vendible y mal puede tranquilizar a nadie.

Que un grupo de ciudadanos bien preparados, bien formados, asuma la tarea –sin ambiciones de permanencia- de liderar a nuestra sociedad y reencauzar la República, que se apoye y dé amplias posibilidades de participación a una juventud brillante y heroica que el país ha descubierto luchando en las calles y trabajando en las aulas y talleres de nuestras casas de estudio, que después de 20 años de aguantar lo inaguantable entendamos la necesidad de sumar, de trabajar y de ganar honestamente el pan, pero que haya pan y trabajo, no las migajas envilecedoras con las que pretenden eternizar la condición de mendigos cabizbajos.

Podríamos decir, ponderando las vicisitudes y dificultades de este país casi destruido, que para todo esto debemos asumir una paciencia vigilante y exigente que deje claro que no habrán milagros en esta dura carrera de la salvación nacional. Ni milagros ni mesías. Esa paciencia nos hará entender la necesidad que tenemos de promover como ciudadanos una transición que restaure la libertad y la convivencia de los venezolanos. De aquí a esa transición inexorable que vivirá Venezuela es donde debemos potenciar las virtualidades positivas de la actual crisis. No todo está perdido aun cuando muchos se crucen de manos o decidan adaptarse a la tragedia.

Robert Gilles Redondo

16 de abril de 2018

LA SEDICIÓN DE LA GENERALITAT. Por: Robert Gilles Redondo

LA SEDICIÓN DE LA GENERALITAT

Se invoca en Cataluña la democracia y el derecho a la autodeterminación de los pueblos para validar lo invalidable por ser política e históricamente inaceptable: el referéndum de la Generalitat de este 1 de octubre. Tal invocación se hace con la retórica que nos refiere directamente a nosotros. En efecto, los separatistas, antes de la mano de Mas (9N) y ahora con Puigdemont Casamajó (1-O), y el desvergonzado Podemos, son en el fondo parte de ese entramado que pretende hacer resurgir en toda Europa el oscuro episodio izquierdista. Son parte de los mismos indeseables que asaltaron a la América Latina bajo la tutela de los hermanos Castro y del Foro de Sao Paulo, cuyas peores consecuencias ha tenido que padecer Venezuela con el narcoestado chavista.

No es democrático permitir aquello cuyas intenciones siguen ocultas por los intereses que le movilizan y que en el trayecto deciden acompañarle. Mucho menos cuando se sabe que detrás de todo se busca la disolución del Reino de España en las arenas movedizas de la izquierda “podemista”.

Es que con el paso del tiempo empezamos por comprender, en medio del grandioso proceso globalizador, que la democracia no es separatismo, que la autodeterminación de un pueblo no tiene nada que ver con el sacrificio de la integridad de las naciones, sobre todo cuando por delante hay espectros que deben ser enfrentados con firmeza política para que la sociedad no sea presa fácil de ideologías trasnochadas ni de crueles fanatismos, como es el caso de Europa ante la invasión islámica de los supuestos refugiados.

Lo más dramático por grotesco, de la sedición de Catalunya, no es la delirante mentira que pretende convertir la independencia en un acto meramente legal que se basa en el Derecho Internacional, sino esos apoyos adheridos en el camino del separatismo. Ora por el surgimiento de los grupos neonazis, ora por el oportunismo delirante de Podemos. Esto es lo más peligroso para España por la amenaza a su unidad nacional e integridad territorial y para Europa que se haya desnuda por la paciencia democrática que le recomienda dejar a estos indeseables cocerse en su propia agua.

Pero una vez más se hace válido el cuestionamiento a los métodos democráticos con los que el Estado se arroga el derecho a defenderse de cualquier amenaza interna o externa. No es justificable que ante la indefensión jurídica de Europa se permita la existencia de un “Estado” dentro del Estado, siendo que esto es una posible esperanza para otros tantos resentidos que al verse impotentes o inconformes con la soberanía y lo que de ella emana decidan invocar sin más el derecho a la libre determinación, desgarrando de esta forma –y en momentos tan cruciales- la unidad territorial del Viejo Continente. ¿Sería válido justificar que si Lyon está en desacuerdo con la política migratoria de Macron se invoque el derecho a su separación de Francia) ¿O si en Múnich surge un trasnochado izquierdista que cuestione la estructura del Estado alemán e valdrá sin más ni menos por su derecho a autodeterminarse? ¿Cuáles son los niveles de paciencia que debe tolerarse para que el método democrático no se violente?

Por mucho queda claro, si el referéndum del 1 de octubre se realiza no se pondrá en juego sólo el destino de España, sino el de toda Europa que habrá cedido a los radicalismos sinrazón que pretenden conducirla a una disolución moral. Eso es inaceptable.

Robert Gilles Redondo

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REMISIÓN:
De: Robert Gilles Redondo
Fecha: 24 de septiembre de 2017, 23:26
Asunto: LA SEDICIÓN DE LA GENERALITAT, por Robert Gilles Redondo

EL FIN DE UN CICLO. Por: Robert Gilles Redondo


EL FIN DE UN CICLO

El 17 de diciembre de 1830 se cerró por así decirlo nuestro segundo ciclo histórico, el de mayor trascendencia e importancia. Se cerró con la muerte de nuestro Libertador, Simón Bolívar. Ya en 1810 una gigantesca presión que se alimentó por la invasión napoleónica a España y el empeño de la oligarquía de conservar sus derechos y privilegios, puso fin al bienaventurado ciclo colonial que aun estando terminado fue la base sobre la cual avanzó nuestro país hacia su propio proyecto. El 5 de julio de 1811 no nos divorció de la colonia, apenas la transformó para que de ella misma surgiera la nueva tierra de gracia. Y así fue.

En nuestra carta fundacional se realizó lo más atrevido, lo más significativo. Nos declaramos libres aun estando totalmente solos; éramos un territorio en orfandad política y con una apabullante soledad histórica, no había respaldo de ningún tipo. No había ejércitos que defendieran aquella declaración, apenas se convalidaban a sí mismos la oligarquía y los criollos, que armados con lo que poco que tenían orquestaban todo tipo de escaramuzas para evitar que los caprichos de Napoleón acabaran con los privilegios que ultramar les había concedido la destronada Corona Española. En esos oligarcas y criollos alguna vez se realizó la relación dominante – dominado. En efecto, el período colonial venezolano fue el único período en el que se distinguieron las clases sociales y se imponía una clara estratificación social. Así el 19 de abril de 1810 no fue una revolución como la francesa: fue apenas el alzamiento de la oligarquía respaldada por los criollos para conservar los derechos que España les había dado desde la conquista. La guerra de independencia nos emparejó.

A la muerte de Bolívar estaba configurada ya la necesidad de disolver esa utopía que fue la Gran Colombia y cuya naturaleza jurídica ¿desvió? ¿confirmó? ¿sedujo? al Libertador a un proyecto quizá totalitario que restaba el sentido de la gesta que llevó a su fulgurante espada por cinco países, durante veinte años. Páez, el indomable guerrero, y Santander, el ilustre hombre de leyes, sabían de la imposibilidad de establecer en la recién liberada tierra un proyecto más totalitario del que ya había impuesto la guerra. Sabían la necesidad de “democratizar” y la urgencia de que cada quien caminara solo. Y sacrificaron la comodidad de la gloria enfrentando la desviación totalitaria que los problemas naturales de las incipientes repúblicas podía despertar.

Pero aquí vengo a recordar, en modo de serena meditación, que tras aquellos veinte años de la guerra entre los profesionales Ejércitos imperiales de España y los macheteros pata en el suelo de Venezuela, nuestro país quedaba totalmente devastado. La mitad de nuestra población muerta, la imberbe producción interna arruinada, el erario público reducido a una penosa gran deuda y, por si fuera poco, unas hambrientas tropas que se repartían a modo de premio el miserable botín de lo que quedaba. Esto apenas para no entrar en detalles técnicos que comprueben tal devastación que se sostuvo durante el resto del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX cuando apareció el petróleo, cerrándose otro tercer ciclo y abriéndose un cuarto período del cual no hemos conseguido salir.

Hoy por hoy las indescriptibles y heroicas escenas de resistencia y lucha de nuestro pueblo le vaticinan a las tropas del cancerbero Vladimir Padrino López una merecida derrota. La mejor de todas las victorias es saber que seremos libres pese a estos dieciocho años de tragedias. No podrán arrebatarnos esta certidumbre porque siempre ha sido así y esta vez no será la excepción. Las humillaciones de este tiempo serán recompensadas con el abrumador desarrollo que inundará nuestro país, Venezuela es uno de los pocos países tiene cómo presumir que después de la tormenta siempre vendrá la calma. Tal presunción es gracias al valioso capital humano que posee y que tiene la capacidad de utilizar al máximo todos los ingentes recursos materiales y económicos que tenemos para salir adelante. Esta gran lección histórica, tan amarga y humillante, nos convencerá de superar las taras que la desviación de la democracia nos impuso en el pasado y que el narcochavismo acentuó al punto de desmantelar todas las instituciones y conducir a nuestro país a la peor de todas sus crisis.

Quienes han subestimado en estos 60 días de lucha la determinación de cada hombre y cada mujer que diariamente reclama su libertad, ya sea vistiendo el uniforme militar, ya sea militando ideológicamente o por oscuros intereses con el chavismo, han subestimado la vocación histórica de Venezuela. En un ciclo interminable, una y otra vez, siempre saldremos adelante y derrotaremos a los indeseables que osan secuestrar nuestro porvenir.

Mañana el puño de acero de la justicia hablará. No debemos tener limitaciones en decirlo, sólo la justicia nos dará la paz social que necesitamos para reconciliarnos como país. La justicia muy pronto se realizará como un gran huracán, devastando lo indeseable y salvándonos de que nosotros mismos nos quedemos atrapados en el infierno.

Así, la paciencia es el único don que puede aliviar el pesado fardo que tenemos en nuestros hombros. Nuestros muertos, nuestros heridos, nuestros presos, tendrán la libertad de su patria gracias a la constancia y el heroísmo de quienes a su manera están luchando aquí y ahora.

Robert Gilles Redondo

Manifiesto del Frente de Unidad y Resistencia Democrática.

MANIFIESTO DEL FRENTE DE UNIDAD Y RESISTENCIA DEMOCRÁTICA

A LA OPINIÓN PÚBLICA NACIONAL E INTERNACIONAL

ha llegado la hora definitiva de la libertad de nuestra patria

La gravedad de los hechos que en diversas regiones de Venezuela están comenzando a propiciar un clima de caos y de violencia contra la población civil, la decisión del régimen chavista de no permitir la realización de elecciones generales como vía para el rescate del orden constitucional y democrático, la represión brutal contra las personas que protestan en ejercicio de sus derechos humanos, políticos y civiles contra el fallido Estado totalitario chavista, las sangrientas arremetidas de los grupos paramilitares y la persecución contra los ciudadanos, dirigentes políticos y religiosos, nos obliga, a los abajo firmantes, a dirigirnos a la nación y a la comunidad internacional en los siguientes términos:

1. Exigimos el fin de la desmedida represión que diversos organismos de seguridad del Estado están ejecutando contra la población civil y condenamos enérgicamente las arremetidas de los colectivos paramilitares que están siendo amparados por el régimen de Nicolás Maduro. Estos grupos irregulares que incluso poseen armas de guerra, cuyo uso exclusivo se reserva a la Fuerza Armada Nacional, siembran terror y violencia a la sociedad y están considerados de acuerdo al Derecho Internacional como grupos de exterminio.

2. Condenamos enérgicamente los actos de violencia y saboteo por parte de grupos irregulares chavistas ocurridos el pasado miércoles santo, 12 de abril, en la Basílica de Santa Teresa durante la misa en honor al Nazareno de San Pablo, que atentaron contra la integridad física de Su Eminencia Reverendísima, Jorge Cardenal Urosa Savino, arzobispo de Caracas. En él queremos manifestar nuestro absoluto respaldo a todos los Arzobispos y Obispos venezolanos porque es la Iglesia piedra angular de la conciencia ética y moral de nuestro país.

3. Emplazamos a la Fuerza Armada Nacional, de acuerdo al artículo 333 de la Constitución Nacional vigente, a desconocer cualquier orden superior que les conduzca a la represión indiscriminada de la población civil. Ha llegado la hora que las armas de la República dejen de estar al servicio del proyecto totalitario y delictivo que dirige Nicolás Maduro. Ante la historia y los organismos competentes de justicia nacional e internacional queda registrada la responsabilidad penal del ministro de la defensa, Vladimir Padrino López, y de todos los miembros del Alto Mando Militar y responsables de los demás organismos de seguridad e inteligencia como cómplices y ejecutores de los delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra contra la sociedad civil venezolana, así como de los tratos crueles e inhumanos a los que están siendo sometidos los centenares de presos y perseguidos políticos.

4. Saludamos el heroísmo de la sociedad venezolana que ha decidido plantarle cara a su destino y ha resistido pacíficamente la feroz arremetida de la dictadura. Tenemos plena convicción que este momento estelar de nuestra historia nos conduce sin vacilaciones al rescate de la libertad para construir un nuevo país con justicia y democracia. En este sentido, resaltamos la valentía de la juventud que en las calles de todo el país ha demostrado plena conciencia de su lucha y ha enfrentado pacíficamente la represión y lamentamos las víctimas mortales y las decenas de heridos cuyo sacrificio y abnegación son obligado compromiso para continuar avanzando a la transición.

5. Permitir la existencia política de la dictadura de Nicolás Maduro es negarnos a nosotros mismos en nuestra esencia libertaria y democrática. Por ello, los abajo firmantes, representantes de los distintos sectores sociales de nuestro país, comprometidos con Venezuela como tierra insustituible de nuestros anhelos y aspiraciones, EXIGIMOS EL FIN DE LA REPRESIÓN, la REALIZACIÓN DE ELECCIONES GENERALES supervisadas por los respectivos organismos internacionales, la LIBERACIÓN DE TODOS LOS PRESOS POLÍTICOS y el CESE INMEDIATO DE LAS VIOLACIONES A TODOS LOS DERECHOS HUMANOS, POLÍTICOS, SOCIALES Y CIVILES al más breve plazo.

Las fuerzas vivas de toda la sociedad debemos unirnos en un solo bloque de resistencia para asumir el reto de la conformación de un Gobierno de unidad y salvación nacional que permita al país retomar el hilo democrático y constitucional.

No podemos dar marcha atrás en esta jornada heroica y debemos avanzar hacia la conquista definitiva de nuestra libertad, por eso nos sumamos a la convocatoria para manifestar este 19 de Abril en todas las calles de Venezuela.

ABAJO LA DICTADURA

CARACAS 18 DE ABRIL DE 2017

Alfredo Coronil Hartmann

Allan Brewer Carías

Sonia Gallegos

Andrés Eloy Blanco Iturbe

Andrés Caldera Pietri

Antonio Sánchez García

Alfredo García Deffendini

Alfredo Weil Reyna

Adonís Dager de Añez

Andrés Correa Guatarasma

Antonio Guzmán Blanco

Antonio Nicolás Briceño Braun

Alejandro González Valenzuela

Cecilia Picón Febres

Armando Velutini

Beatriz Gerbasi

Blanca Rosa Mármol de León

Carlos Blanco García

Corina Yoris Villasana

Daniel Lara Farías

Diego Arria Salicetti

Dulce María Tosta

Eleonora Bruzual

Elsa Boccheciampe

Enrique Aristeguieta Gramcko

Gonzalo Palacios Galindo

Gustavo Azócar Alcalá

Gustavo Tovar-Arroyo

Gustavo Velásquez Betancourt

Hector Alonso López

Henrique Salas Römer

Ibsen Martínez

Iruña Urriticoechea

Antonieta Jurado

José Eugenio López-Contreras

José Félix Oletta

José Rafael Herrera

José Rodríguez Iturbe

José Vicente Carrasquero

Luis Alberto Machado Sanz

Luis Beltrán Guerra

Luis Betancourt Oteiza

Luis García Planchart

María Teresa Romero

Miguel Henrique Otero

Miguel Méndez Fabbiani

Milos Alcalay

Natacha Ruiz Pineda

Nelson A. Maldonado A

Nelson Chitti La Roche

Nitu Pérez Osuna

Oswaldo Álvarez Paz

Oswaldo Páez-Pumar

Pedro Conde Regardiz

Pedro Mario Burelli Briceño

Pedro Mogna

Pompeyo Márquez

Rafael Grooscors

Rafael Huizi Clavier

Robert Gilles Redondo

Sergio Sáez

Tamara Suju Roa

DOCUMENTOS ADJUNTOS

Estos jóvenes migrantes venezolanos. Por Mireya Tabuas @mireyatabuas

14 febrero, 2017

Estos jóvenes migrantes venezolanos.

Por: MIREYA TABUAS (*)

Estoy segura de que nunca en su vida barrió el piso de su casa. Estoy segura de que además nunca cocinó, nunca lavó su ropa ni nunca zurció una media. Estoy segura de que cuando iba a algún restaurant, miraba con cierto aire de superioridad al mesonero que lo atendía y a veces –perverso- le limitaba la propina. Estoy segura de que veía con cierto desdén mezclado con lástima a quien le cuidaba el auto en la calle, e intercambiaba apenas cuatro palabras imprescindibles (y si eran menos, mejor) con la cajera del supermercado o a la recepcionista del consultorio médico.

En su vida “antes de” era quizás un estudiante de los últimos años de una buena universidad, o un recien graduado con pasantías en importantes empresas, o una joven promesa de su disciplina, o un profesional que escalaba rápidamente puestos en la compañía.

Desde niño seguramente se trazó un camino hacia el éxito profesional. Nunca le tocó más que dedicarse al cultivo de sí mismo, nunca se mentalizó que iba a hacer otra cosa. Su vida era estudiar y su destino graduarse y trabajar en una buena empresa.

A pesar del país en el que vivía.

A pesar del horror.

Pero a este joven le tocó migrar.

Y, como a él, a todos estos jóvenes venezolanos les tocó huír, salir corriendo de un país descuartizado.

Y ahora los veo aquí en Santiago de Chile (pero también están en Bogotá o Madrid, en Miami o Lima, en Londres o Buenos Aires y pare de contar…), los veo por todas partes, allí están los jóvenes venezolanos trabajando. Y siempre les pregunto qué hacen, de dónde vienen, cómo se sienten.

Veo, por ejemplo, a un ingeniero civil trabajando de garzón en un restaurant chino, a una arquitecta laborando en la cocina de un hotel, a una abogada lavando baños, a una publicista pintando uñas a domicilio, a una médico haciendo de recepcionista en un consultorio odontológico, a una psicóloga atendiendo llamadas en un call center, a un periodista cargando cajas en un almacén, a un administrador de empresas haciendo empanadas venezolanas y vendiéndolas en los alrededores del mercado La Vega.

Ninguno se queja.

Ninguno critica.

Les toca limpiar pisos, fregar platos, trabajar hasta muy tarde en la noche. Lo que nunca.

Pero repito.

Ninguno se queja.

Ninguno critica.

Están contentos.

Y cuando tienen un ratico libre se compran un vino y, en la azotea de uno de esos edificios del centro que están llenos de venezolanos, donde hay piscina y gimnasio, ponen música y comparten con sus amigos. Crean lazos familiares con sus vecinos o sus compañeros de la pega. Se imaginan a su mamá en otras señoras, se inventan hermanos entre los demás compatriotas. Tienen como mesa familiar un chat de whatsapp o un grupo de Facebook.

Parecen alegres, pero también están tristes.

Como los sobrevivientes en un bote salvavidas.

Pero de pronto pienso que esos chicos, esa generación de venezolanos profesionales que están pasando trabajo, que lloran a los suyos, que están “echándole bola” (trabajando duro, para los lectores chilenos), van a ser una gran generación. Porque estos muchachos tienen la formación profesional, pero a la vez están aprendiendo una importante lección de humildad, de ponerse en el lugar del otro, de entender el valor de las labores más sencillas. Están aprendiendo que detrás de cada oficio hay un ser humano, que nadie es mejor que el otro. Además están aprendiendo a entender otro país, otra cultura, otras voces, otras formas. Están aprendiendo –literalmente- a ganarse el pan con el sudor de su frente, de sus piernas, de sus brazos, de sus hombros.

Quiero creer que esta generación será más fuerte. Que será también más bondadosa. Cuando el ingeniero encuentre trabajo en una empresa minera, ya no mirará con menosprecio al garzón que lo atiende en el restaurant; cuando la doctora trabaje en una clínica valorará la labor de su recepcionista (o tal vez el ingeniero se quede por mucho tiempo como garzón y la médico como recepcionista, y descubran que la vida también así es bella). Eso sí, cuando ellos vean a una persona vendiendo comida en la calle, la mirarán a los ojos, le preguntarán cómo está, le contarán su propia historia, le darán aliento.

Creo que no solo estos muchachos ganarán, como individuos, con esta vivencia migrante. También ganará Chile (o el país que los reciba) porque serán ciudadanos agradecidos con la nación que les dio una oportunidad y la asumirán –y defenderán- como suya. Por eso, cuando en Chile (o en otros países receptores) se abre el debate sobre la migración, yo me pregunto si quienes critican la presencia de extranjeros han reflexionado sobre lo que la experiencia migrante significa para el ser humano, cuánto transforma, cuánto nutre, cuánto potencia.

Migrar es un postgrado.

Si mis jóvenes paisanos se quedan en Chile, aportarán su bagaje, sus músculos, su intelecto, y serán hijos de dos naciones.

Y si algún día vuelven a Venezuela, llegarán nutridos de ánimos de reconstrucción y con fortaleza de luchadores. Han aprendido a valorar lo suyo desde la distancia. Además, nunca perderán los vínculos (ni la gratitud) con el país que los acogió.

Siento que lo mejor que pudo pasarle a Venezuela es esta generación de profesionales que limpian pisos en otras tierras. Porque sin duda ellos serán mejores personas que todos nosotros. Mejores venezolanos y mejores ciudadanos del mundo.

Mireya Tabuas

FUENTE: El Mostrador

(*) Twitter:

@mireyatabuas  Periodista, escritora, mamá. habitante del país de los equivocados. #Venezolana viviendo en #Chile.

Perfil de Mireya Tabuas en Wikipedia 

COMENTARIO Y REMISIÓN:

No acostumbro reenviar artículos pero me fue difícil no trasmitir este desgarrador y alentador artículo de la periodista chilena Mireya Tabuas. Vi de cerca el drama de tantos venezolanos que viven en unos improvisados campos de concentración en Brasil y sé que no es nada fácil. Por eso agradezco todos los días esas personas-bendiciones que desde el Gobierno Federal de Brasil hacen tanto por los venezolanos en la frontera y todo el norte brasilero. Salir, apagar la luz y cerrar la puerta no es una opción definitiva. Es una opción que obliga a no dejar que Venezuela, la tierra sobre todo nombre, dueña del cielo, custodia del Mar Caribe y paraninfo de Dios, siga secuestrada por unos malvivientes que nos han causado esta tragedia tan inmerecida. Saldremos adelante y seremos libres.

Saludos, Robert Gilles Redondo

(*) ACLARATORIA:
Twitter: @mireyatabuas Periodista, escritora, mamá. habitante del país de los equivocados. #Venezolana viviendo en #Chile.
Perfil de Mireya Tabuas en Wikipedia

EL PAÍS SIN SALIDA, EL PAÍS DE LA ESPERANZA. Por: Robert Gilles Redondo

EL PAÍS SIN SALIDA, EL PAÍS DE LA ESPERANZAUna profunda tristeza ha inundado al país, es como si el Orinoco hubiera decidido llenar con sus aguas aquellas calles benditas del Sur. Es una tristeza muy injusta. Sin importa cuán graves han sido los errores del pasado, nunca merecimos ser sometidos a esto.

Venezuela ha sido un país en mayúsculas. No ha sido un país sin salida. Sus calles han sido tan amplias y tan llenas de esperanzas que en ellas se libraron los más nobles combates para ser libres. Nuestras calles fueron brazos abiertos para sintiéramos que la patria sí nos puede abrazar, incluso a quienes vinieron de lejos porque Venezuela no era sino esperanza, era un campo fértil de esperanzas. El bendito cielo azul que se nos descubre en el infinito Mar Caribe, desde el Ávila hasta el más hermoso lugar del mundo que nuestra Gran Sabana, donde la inmensidad toda cabe en nuestros ojos, fue la cobija de tantos sueños. Esos sueños que despertaban cuando un nuevo venezolano nacía del vientre sagrado de la mujer venezolana. Los sueños de la juventud recibiendo sus títulos que sólo se justificaban para echarle un camión –como decimos siempre- y no como documento anexo para tomar un país y ver desde la ventanilla de algún avión una tierra a la que quizá no debimos dejar nunca pero la dejamos porque es absurdo.

Esta Venezuela absurda, opaca, sin salida, marginal, hambrienta, no es nuestra. Y tenemos el deber de devolverla y reclamar la nuestra.

No es indolente abandonar nuestra patria. No hay más salidas para quienes apenas empiezan su recorrido. Las madres con sus hijos hambrientos tienen que salir. Los jóvenes que se niegan a entregarles sus vidas a los malhechores, tienen que salir.

Pero al mismo tiempo huir no es la opción definitiva, menos si lo entendemos como un pasaje sin regreso a Venezuela. Esta nación es nuestra, está aquí y está en la humanidad de cada venezolano que ya vive como forastero incluso en aquellos países de donde vinieron tantos y tantos a buscar oportunidades.

El problema central es la indolencia. Debemos admitir que nos hemos anestesiado. Que estos delincuentes que secuestraron al país lograron uno de sus objetivos más abominables: desmovilizarnos, desindentificarnos, hacernos extraños a nuestro país. Aprendimos en estos dieciocho años a convivir con el desastre incluso hasta llegar a ser parte de él. Siempre sentencio que el día que el primer venezolano aceptó hacer una cola de varias horas para comprar algún kilo de comida, no fue tanto un acto de humillación que se aceptó voluntariamente, sino aún algo más grave: el reconocimiento de que el país se nos había ido de las manos, tan lejos que no lo lográbamos ver más.

Y no digo que el país no tiene dolientes. Los tiene. Quien se va y quien se queda es una víctima que engrosa el horrendo padrón de viudas que somos los venezolanos, los sin patria. A quienes nos lo cambiaron todo.

Nuestra desconocida Venezuela sigue confinada en el calabozo de la tristeza, de la angustia, del desánimo y de tantos sentimientos injustos. Porque si algo es hoy nuestra patria es esto, un gran acto de injusticia. Es esa Venezuela la que nos reclama para ya una lucha sincera. Una lucha donde no haya más lucro político. Una lucha que nos haga entender, que nos aterricen los pies en la tierra. Una lucha que nos recuerde que Venezuela fue, es y siempre será esperanza, no tanto por sus verdes llanuras y montañas que algunas veces se rocían con la nieve eterna del páramo, sino por cada uno de nosotros, esta raza tan excepcional que hemos sido los venezolanos. Nosotros los que con orgullo y lágrimas alzamos siempre el omnipotente tricolor en todo lugar porque nuestro país siempre fue una palabra tan sagrada que ha estado por encima de todos los nombres y lugares.

Que el país no se perderá para siempre es cierto. Pero esta prueba es tan severa y dolorosa que es el momento que de reclamarle a nuestras conciencias la valentía para ponernos de pie y decir que ya basta, que no vamos a seguir aceptando que una horda de patoteros y malvivientes mantenga secuestrado al país. No podemos cansarnos, debe ser terca nuestra esperanza en este país sin salida.

Los venezolanos tenemos la obligación de armarnos de paciencia para que ella haga su obra. La paciencia constante y activa que nos hará parir la luz, la justicia, la libertad y la paz que nos arrebataron. Rimbaud, el poeta del adiós ya lo había dicho alguna vez: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes.

No podemos tenerle más miedo al parto. Vaya que en esta tierra se han hecho grandes partos y eso no lo podemos deshonrar. En fin, no podemos aceptar se pierda en la barbarie y en las calles inhumanas el amor más grande que tenemos, el amor que siempre ha conjurado nuestros males: VENEZUELA.

Robert Gilles Redondo

LA FUERZA ARMADA NACIONAL. Por: Robert Gilles Redondo

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LA FUERZA ARMADA NACIONAL

El tabú de hablar sobre los militares hace replegar las artillerías del pensamiento en muchas personas. Sobre todo en una Venezuela donde fuimos libres por las bayonetas que archivaron el hecho civil de nuestra Independencia. Por cierto, un hecho impulsado por la oligarquía de la Caracas de 1810-11, que no tuvo mayor respaldo popular como luego se comprobó cuando Boves arrastraba tras de sí más seguidores que el Ejército Patriota. Y así, en una cadena ininterrumpida, los militares, pseudomilitares o si se mejor se quiere “hombres armados”, han sido el factor decisivo de nuestra historia. Nuestras transiciones libertarias han sido el resultado de una sublevación militar.

Los siglos XIX y XX fueron construidos por las patotas armadas que tenían los partidos de entonces y los sobrevivientes de la Guerra de Independencia que se erigieron en caudillos, primero, y luego, desde la revolución que depuso a Medina Angarita, como un Ejército más o menos profesional, se empezó a formar la idea cívico-militar. Entonces las conspiraciones contra los gobernantes de turno no eran solamente civiles sino también militares, no porque en Venezuela existiera una casta militar que determinara como última instancia el destino nacional, sino por el necesario uso atemorizante de las armas para consumar aquellas conspiraciones. Con astucia inédita, los civiles lograron neutralizar el entronizamiento de una dictadura militar en 1945 y le permitieron al país tener una nueva Constitución y unas elecciones para elegir por vez primera al Presidente de la República. El feliz infortunado fue el gran don Rómulo Gallegos, genio de las letras pero estéril prospecto político. Costosa esterilidad ésa que echó al traste los avances democráticos del Trienio, abriéndole paso a la segunda gran dictadura del siglo XX: la de Pérez Jiménez, a quien el Presidente, autor de Doña Bárbara, subestimó en sus pretensiones.

Tras la insurrección militar que empezó el 1 de enero y terminó veintidós días después en 1958, se estableció de forma segura la democracia civil. El primer gobierno de Betancourt fue un período valiente de resistencia donde se enfrentó el surgimiento del militarismo trasnochado y se le dio forma certera a la sujeción del poder militar al poder civil. A los militares que defendían la democracia les acompañaba de forma inédita los ciudadanos con machete en mano para frenar aquellas sangrientas sublevaciones de Táchira, Monagas, Carabobo, La Guaira, etc. Lo mismo hizo Raúl Leoni hasta que al fin se pacificó al país legalmente en la presidencia de Caldera. La izquierda asesina era neutralizada en la tierra sin cuartel que eligieron para hacerse del poder que por el voto jamás iban a conseguir. La sangre ha sido el método político de amplios sectores de la izquierda a quienes se les cerró el acceso al sistema democrático, justamente, por sus objetivos antidemocráticos.

Con una Fuerza Armada más o menos institucional y más o menos profesional, la democracia siguió su camino. Hasta que la debacle moral comenzó a deshonrar a los civiles que detentaban el poder, arrastrando consigo a los hombres de uniforme, que dejaron de ser ficha para la defensa y la seguridad de la nación, convirtiéndose en peones de un sistema que una vez comenzada su pudrición estaba condenado al fracaso.

Sobrevino la aciaga hora del “Caracazo”. Sobrevinieron los cruentos golpes de Estado de 1992. La institucionalidad no estaba presente. Apenas las lealtades del estamento militar eran cuotas de poder que según conviniera mantenían. Y la poca institucionalidad que restaba no era suficiente para contener el avance. Al final, los cabecillas del 4 de febrero y del 27 de noviembre, asaltaron el poder, ante el vacío irreparable que había dejado el sistema democrático en 1998.

Desde 1999 hasta este no menos cruento y triste 2017 hemos asistido al desmantelamiento de la Fuerza Armada, organismo parásito del establishment chavista.

Ahora vemos hombres de uniforme que olvidaron en sus escritorios la Constitución y se han dedicado a sostener la prostitución de la República, mejor: de la ex república de Venezuela. Son agentes activos de la gangrena que hizo del Estado un ente fallido y forajido. Así, los militares han derivado en agentes de grandes mafias de corrupción, lavado de dinero y del narcotráfico, donde todos mandan menos quien en teoría es su Comandante en Jefe, haciendo de la Fuerza Armada la institución, ya fallida, de más desprestigio en la sociedad venezolana.

La Fuerza Armada Nacional ha tolerado que los grandes detentadores del poder, además de ilegítimos, perpetren con saña y sin pudor alguno la destrucción de Venezuela. Lo han tolerado y permitido a costa de grandes prebendas y de libre albedrío para sus propias fechorías, gravemente cometidas, por la responsabilidad de tener entre sus manos las armas de la República. Es muy fácil sostener la hegemonía fracasada de una revolución cuando se empuñan los fusiles como símbolo del obsceno maridaje entre el Alto Mando Militar y los delincuentes que ocupan ilegítimamente el poder.

Aun así, pese al absoluto deterioro institucional y la pudrición moral, en la Fuerza Armada deben quedar algunos sectores democráticos que no comparten lo que está sucediendo. Su silencio es inexcusable ahora, tanto como lo ha sido durante estos dieciocho años. Pero a ellos se debe apelar. No para invocar el abismo militarista, pero sí para que estén muy claros en las posiciones que el camino les impondrá tarde o temprano. Venezuela tiene su reloj histórico en cuenta regresiva y ante esa bomba de tiempo que es el país todo, la Fuerza Armada no podrá permanecer indiferente ni al lado de quienes nos han humillado hasta la saciedad.

Robert Gilles Redondo

EL NARCO-ESTADO VENEZOLANO.Por Robert Gilles Redondo


22 de noviembre de 2016EL NARCO-ESTADO VENEZOLANO

La noticia recorrió el mundo y fue reseñada en todas las agencias de noticias: Efraín Antonio Campo Flores y Franqui Francisco Flores de Freitas fueron hallados culpables de haber conspirado para introducir y distribuir droga en los Estados Unidos. Puede que tales nombres a simple vista no adviertan la magnitud de la noticia que se puede resumir de otra manera más práctica: los sobrinos de la pareja presidencial de Venezuela son narcotraficantes.

El veredicto del jurado además de unánime no puede en modo alguno desvirtuarse con los baratos recursos ideológicos de conspiración imperialista o de secuestro, como alguna vez Nicolás Maduro dijo. Es independiente. Ha tenido suficientes “elementos de convicción” para decidir la culpabilidad del dúo Flores. Y no deja en tela de juicio la eficiencia del sistema judicial ni de las autoridades antinarcóticos de los Estados Unidos.

Esta decisión viene a corroborar las serias y muy graves investigaciones que la DEA viene adelantando desde hace unos años, sobre todo a partir de la incautación de los computadores de alias Raúl Reyes y de testimonios como el del narcotraficante Walid Makled. La conclusión es inaudita. Venezuela ha mutado en narco-estado.

Pero las acusaciones van y vienen, recayendo en los más altos funcionarios del régimen chavista. Hugo Carvajal, Néstor Reverol, quien fue investido como Ministro a modo de protección, Tareck El Aissami, gobernador de Aragua y muchísimos nombres más de civiles y militares están en los expedientes de las agencias antidrogas. No podría faltar Diosdado Cabello, líder del llamado Cartel de los Soles y hombre más radical de la agonizante revolución. El narcotráfico ha hecho metástasis no sólo en el ala civil del fallido Estado venezolano sino que también se hace presente en casi todas las Fuerzas Armadas, generando con ello un sistema de complicidades y corruptelas muy fuerte donde, además de imponerse la ley del más fuerte, se fragua diariamente el método o la vil artimaña para sostenerse en el poder que de forma ilegítima detentan.

Es escandaloso. Es vergonzante. No hay palabras para definir el significado de lo que sucede y de la gravísima degeneración que ha permitido que en Venezuela se concretara un narco-estado. Pero más doloroso es la forma como desde el régimen se pretende soslayar esta realidad, tratando de verle la cara a una sociedad que muere por la falta de comida y de medicinas. No bastó el saqueo del erario público. No bastó la destrucción total del país. En realidad, a esta indeseable gente nunca le basta lo que han hecho ya y actúan con más saña, con más cinismo.

La situación de anomia que se cierne sobre la nación, además de la desarticulación y desorientación política de la dirigencia opositora nos hacen creer que esta gravísima noticia podría pasar, como tantas otras cosas, por debajo de la mesa. Quizá para respetar el muy obsceno clima de respeto que se acordó en el Hotel Meliá Caracas o simplemente porque ello no es prioridad en este momento y/o porque tarde o temprano la justicia internacional se encargará de los responsables del delito.

La verdad que todos saben es muy sencilla. Venezuela necesita reencontrarse urgentemente en un verdadero movimiento que sepulte las ambiciones y los cretinos ambages de minoritarios sectores que sacrifican, ora semánticamente, ora a modo de capitulación o rendición incondicional, el destino de la nación y de millones de personas. No se puede invocar la unidad nacional en las bocanadas de oxígeno que con o sin intención le están dando a un régimen forajido. Eso es inaceptable.

El respeto que debe generarse debe venir primero de quien no lo tiene. El país ha sido exageradamente respetuoso con quienes sin pudor alguno manosearon y violaron nuestro porvenir. El respeto debe venir sobre la base de la salida inmediata e incondicional de los autores de este crimen tan horrendo que es el haber convertido a Venezuela en un narco-estado.

Robert Gilles Redondo

UNA REPÚBLICA EN COMA. Por: Robert Gilles Redondo

12 de noviembre de 2016, 14:22

UNA REPÚBLICA EN COMA

El inevitable fracaso de la mesa de diálogo que promovió el Santo Padre y que fue el resultado de un gran esfuerzo de la diplomacia vaticana, debe sincerar a todos los sectores que conforman a la oposición venezolana. El diálogo fracasa porque no ha habido interlocutores. Más allá de su condición de delincuentes, el chavismo o como sea que se llame esa secta, no está dispuesto a perder el poder que usurpa porque con ello perderían todo, absolutamente todo. Mientras que la oposición se sentó después de haber perdido en casi todos los escenarios de salida que planteó pero con un firme respaldo de la comunidad internacional. Sus exigencias no son tan suyas, son de todo el país, sobre todo de los presos políticos, de los venezolanos que tienen hambre o están muriéndose en los hospitales porque no hay medicinas y de todos los que por una u otra razón han tenido que huir del país.

Desde el momento que iniciaron las conversaciones en La Rinconada las críticas han ido y venido, desde las optimistas hasta las más radicales. Quizá unos y otros tenemos razón, al fin y al cabo el país es de todos y tenemos derecho a la impotencia por el paso del tiempo y el agravamiento de la situación, así como existe el derecho y el deber de no sacrificar una sola gota de sangre en las calles porque quien tiene la verdad no necesita expresarla con violencia. Si la violencia despertara mostraría el lado más oscuro de nuestro pueblo que durante estos diecisiete años de ignominia ha soportado tantas humillaciones. Y no podemos siquiera negar o tratar de ocultar las grietas de la Mesa de la Unidad. La coalición de partidos políticos ha ido desmembrándose y con mucho esfuerzo la han sostenido. Debemos admitir que ha habido una gran frustración este 2016 porque a lo mejor esperábamos más acciones concretas que frenaran la caída libre al abismo en el que nos hallamos.

Pero el problema no es solo de la MUD porque los partidos políticos no son el único sector de la sociedad venezolana, apenas son una especie de reducto del sistema que sigue muriendo. El problema en el fondo sigue siendo el bendito sistema que se empeña en sostener un status quo inviable, reeditando en nuevas formas las taras que condenaron nuestra democracia hasta el punto de engendrarse Hugo Chávez. Un ejemplo de ello es como la crisis ha tenido un severo impacto en la “venezolaneidad”, es decir, en el modo de vida del venezolano. El oportunismo, la corrupción, el nuevo riquismo, la delincuencia han ido deteriorando en general el perfil psiquiátrico del venezolano. Somos un país que se dedica a sobrevivir, no bajo el imperio de la ley ni guiados por los solemnes valores de siempre, sino bajo la premisa del más fuerte. Sí, en Venezuela sobrevive el más fuerte, el más vivo. Eso no podemos negarlo porque es parte del problema. Algunos definen esto como anomia social.

Si ha habido un resultado concreto de la enorme pesadilla que ha significado esta revolución es el haber olvidado qué es lo que somos y qué podemos hacer juntos como un bravo pueblo. Y esto no busca invocar heroicas jornadas pasadas. No. Apenas es una apelación final en esta República que está en coma. Todos, absolutamente todos, debemos concurrir en esta hora y echarnos a la patria en los hombros, con el valor cívico que no se traduce en ofrendar muertos en las calles sino en ser suficientes para exigir y hacer que Venezuela sea libre.

Debemos ir digiriendo que el 2016 difícilmente terminará con un cambio concreto. Ahora que Maduro sobrevive y consigue llegar al 2017, salvo que acontezca algún evento extraordinario, cosa que parece poco probable. Esa sobrevivencia del régimen no es porque tenga capacidad de reacción para darse cuenta de cuánta destrucción han causado en estos años y apartarse para pagar el precio de todos los delitos que cometen a diario. La insania mental es una condición que les impide admitir que están perdidos. Maduro no tiene la suficiente hombría ni la autoridad para renunciar a un cargo que ocupa de forma ilegítima. Él no es nadie ni representa nada. Apenas es un eslabón en la grotesca cadena de delincuentes que controlan al país, esos sobre los que pesan las acusaciones de narcotráfico, lavado de dinero y violaciones a los Derechos Humanos. Esos a los que la justicia les aguarda con la paciencia que ya por poco no tenemos.

Frente a esta aturdidora realidad la pregunta que se hace el país es si seguiremos cayendo en las trampas cazabobos que ad intra y ad extra se nos tienden. La unidad de la oposición es insacrificable, es cierto, debemos sostenerla sin desmayo y pese a todo, pero tal unidad no puede ser obviar a algunos y caminar con las indicaciones de otros. Hay que irse a la calle para ejercer la soberanía y hacer presión. Pero debemos ir todos no sólo la MUD y no por unas horas. Esta dolorosa tragedia la resolvemos todos o no conseguiremos nada.

Los intelectuales, los artistas, los trabajadores, los estudiantes, las iglesias, los empresarios, los ciudadanos organizados, todos debemos resolver este problema que no es sólo de los partidos políticos. Es el momento.

Robert Gilles Redondo